Las enseñanzas de Eugenio Castro

«Además, toda vacilación ante el doble camino se habría prolongado indefinidamente, puesto que en la ausencia de indicio alguno que pudiera determinar la elección de uno u otro, preciso era entregarse al azar.»

Viaje al centro de la Tierra, Julio Verne

Eugenio Castro ha sido para mí una presencia magistral. Más o menos cerca, siempre ha estado ahí, desde aquellas Navidades en San José, con Rosa Girón, con Conchi Benito y con Carlos Trujillano, en aquel encuentro que tanto nos deslumbró y nos marcó a Carlos, a Rosa y a mí. Nosotros, que estábamos fascinados por muchos autores relacionados con el surrealismo y tratábamos de romper lo que podríamos llamar la cuarta pared del sujeto para dejarnos atravesar por todo lo que viene de fuera y poder hablar no solo en nuestro nombre, sino en nombre también de lo que no tiene nombre, que intentábamos verificar con pruebas principalmente verbales que la estructura del universo está armada con la materia de los sueños, nos encontramos con alguien que compartía los postulados del surrealismo y llevaba defendiéndolos años a través de una acción tan poética como política, con exposiciones, publicaciones e intervenciones varias.

Aquellos días en cabo de Gata seguí una de las lecciones que mejor me han enseñado a mirar. Eugenio y Conchi hicieron de guías por lugares que parecían sacados de un sueño, como las minas de Rodalquilar, donde aprendí la primera lección de las proporciones, de las analogías entre realidades de diferentes escalas, repetición de patrones y modos de padecer y entrega de la materia, que resultaban eufóricos por fundir lo abstracto y lo concreto, lo grande y lo pequeño, el sometimiento y la libertad, lo humano y lo inhumano. Las cárcavas abiertas por años de surcar el agua nos permitían entrometernos como gigantes en valles en miniatura, yermos por los materiales estériles que habían sido dejados allí tras la explotación minera. Esa falta de vegetación otorgaba al paisaje un carácter abstracto y lo convertía casi en una miniatura del proceso que a gran escala podemos encontrar en todos los lugares por donde hay ríos o cursos de agua esporádica. Si uno de los principales postulados del surrealismo es la superación de las antinomias, la recuperación de la coincidencia barroca de los opuestos, aquí teníamos una prueba magnífica de esa tensa reunión: un lugar que representaba otro lugar, una realidad que era materia y símbolo a la vez y nos permitía dejar de percibir contradictoriamente “vida y muerte, real e imaginario, pasado y futuro.”

También pudimos comprobar esa conciliación y adiestrar nuestra percepción en la guerra de los opuestos durante la visita a las ruinas industriales de las minas, templo donde venerábamos lo inútil, donde lo humano es tomado por lo inhumano y los objetos estrictamente funcionales son percibidos como útiles estéticos, pequeñas bombas de sentido que revientan nuestra costumbre invitándonos a mirar sin saber. Y allí por las antiguas instalaciones de esas minas nos acompañó Eugenio con la curiosidad de un arqueólogo encantado de que lo imprevisible se hubiese adueñado de lo previsible, reconquistando territorios y devolviéndolos al azar.

Ese mismo día tuvimos nuestra primera discusión en torno al tema de la latencia, tan importante en su obra. Porque es preciso reconocerlo, esa posición magistral no solo estaba en las coincidencias, que eran muchas, sino en las divergencias. Y en este punto, como en el tema de la identificación de arte y vida o en la escritura automática, donde yo encontraba el riesgo de someternos voluntariamente a un dominio no precisamente libertario mediante trampas perfectamente camufladas, disentimos, estando seguramente de acuerdo en el fondo de la cuestión. Yo consideraba que el mundo en sus múltiples formas, lo visible, incluido también todo lo inanimado, estaba de alguna manera expresado y manifestaba su misterio a las claras. El enigma era su forma de expresión, el lenguaje de la propia realidad, por lo que me sentía obligado a defender las apariencias, donde lo latente ya se dejaba ver en la plenitud abierta de su sentido, eso sí, interminable. La poesía, por tanto, no obraba tanto un descubrimiento en el que algo oculto, por la gracia de las circunstancias, se revelase, como la confirmación de lo que ya estaba allí, ofrecido de nuevo por una minuciosa descripción. El arcano no se agota jamás porque el discurso de la realidad supera infinitamente nuestras expectativas. Se trata más bien de ajustar nuestras expectativas a esa desmesura. En cierto modo, mi resistencia en ese tema estaba más relacionada con una oposición a considerar al poeta como una especie de vestal dedicada a mantener oculto el fuego mistérico, que con una negación de lo incognoscible que, para mí, ya estaba ahí expresado a las claras. En lo que sí coincidíamos plenamente era en la integración de lo desconocido dentro de nuestro pensamiento.

Y mientras nos hablaba del Torcal de Antequera como un lugar donde lo maravilloso se encontraba a flor de la piel deleznable, nos ofrecía su testimonio del lugar como una forma de compartir el genio, desde la base de la propia manifestación de una naturaleza que se revela como un misterio, genio que se presentaba abiertamente en las formaciones rocosas, donde probablemente el propio Eugenio aprendió a transmitir lo que él llamó más adelante la comunión del genio, en la estela ducassiana de hacer la poesía entre todos, como entre todos (viento, hielo, calor, insectos, radiaciones; este viento, este calor, este hielo, esta oruga, este rayo; todos y cada uno de ellos) labran la piedra, porque no hay pensamiento al margen de la comunidad, de una comunidad que va más allá de lo humano, y no es posible el encantamiento tantas veces propuesto si no es con la participación de todos, de todo.

Eugenio ha procurado recuperar la comunidad, invocando a veces un primitivismo con el fin de invitar a no caer en la trampa que nos separa a unos de otros, no dejarnos seducir por los señuelos tecnológicos de la separación, afín en esto con Ignacio Castro y con Mafalda, quien sospechaba después de haber visto unas flores de plástico que la vida moderna quizá estaba empezando a tener más de moderna que de vida. Cuando le mandé las grabaciones de Todos los días en sonido binaural, abrumándolo con indicaciones sobre las aplicaciones que tenía que bajar para poder escuchar el sonido en condiciones me contestó lo siguiente:

«Paco, sigo en la prehistoria oral, anterior al desastre hipertecnológico, a la vacuidad hiper-hiper. Jamás hemos llegado a relacionarnos diciéndonos, por ejemplo: he visto como la nube encontraba aposento en tu garganta, y la posible respuesta del otro: en el lunar negro de la mariquita besé el mundo.  Repito, jamás hemos llegado a esta relación con lo todo (en mi opinión la gran revolución), y creemos haber alcanzado un estadio superior mediante la hibridación voz-electrónica. He aquí la faz pseudovanguardista del entubamiento general de la humanidad, es decir, de la conexión a todos los cables y circuitos del cibermundo. El hipervínculo no deja de triunfar. Pero una prefiere otra derrota.»

Esas relaciones directas que practicaba nos permitieron a muchos conocernos alrededor de todo lo que Eugenio organizó o coordinó: la revista Salamandra, los ciclos de poesía en la galería Cruce (Mal de palabra) y del Círculo de Bellas Artes (La voz y su sombra); actividades puntuales en la galería Begoña Malone; las colaboraciones en la revista online Ubicarte sobre temas que le obsesionaban y que luego serían recogidos en Lo que duerme; junto a Luis González-Adalid, la unión de poetas y artistas plásticos en las carpetas de poesía y grabado con Zambucho; el programa de Radio Círculo La estación de Perpignan, los seminarios en torno a Tiqqun, el encuentro con tanta gente que siguen siendo buenos amigos después de tantos años. Y, por supuesto, en medio de toda esa confluencia, seguíamos pensando juntos y en contra sobre la locura, sobre el silencio y la palabra, sobre el surrealismo.

En uno de sus últimos mensajes me envió una entrevista a Juan Larrea hecha en los primeros años de la Transición en RTVE. Eugenio conocía bien mi admiración por ese poeta obsesionado con dar un sentido teleológico a su tiempo, intérprete de ascendencia medieval, tan sistemático como delirante, y me pidió que me fijase en un minuto determinado:

«Te mando este enlace de un excelente programa pero no te explico nada. Tan solo te invito a que lo veas todo, pero, aún más, que vayas al minuto 38:38. Y quédate con el nombre de Gudrun Ensslin… Bueno, igual conoces el episodio, pero si no es así, la sorpresa te parecerá mayúscula. En mí ha tenido ese efecto, precisamente por ignorar todo de tal episodio, anecdótico, es cierto, pero muy misterioso. ¿Por qué?»

Yo pasé varias veces por ese punto de la barra del tiempo y no encontré nada relevante, nada que hubiese podido llamar la atención de Eugenio. Al decírselo, respondió:

«Sí, en la entrevista con Larrea, llegan esos minutos en se menciona a Gudrun Esslin, y simultáneamente, quién es: junto con Baader y Meinhof, el trípode de la Fracción del Ejército Rojo Alemán. En suma, no deja de ser llamativo (por decir poco) que estas personas se fijaran en un poeta de sensibilidad surrealista, además, olvidado por completo en España, y viviendo en Argentina desde hacía muchos años. Creo que todo ello conlleva un interés por un tipo de lenguaje poético que, desde fuera, y quizá apresuradamente, no formaría parte de la sensibilidad de los tres revolucionarios. Pero bien pensado, en esos años, ardientes en términos de insurrecciones, revueltas, motines, y considerando los referentes previos, desde el propio surrealismo al situacionismo, quizá no sea tan extravagante.
En suma, una noticia de valor.»

Nunca encontré esa parte de la entrevista donde se hablaba de que Esslin había contactado a Larrea para intentar publicar su Versión celeste antes de que lo hiciera Bodini desde Italia. Quizá aquella dificultad para encontrar el fragmento tuviese que ver con mi más o menos velada acusación de narcisismo homicida espectacular a los miembros de aquella banda que se hacía llamar con los mismos apellidos de sus integrantes.

El magisterio visual de Eugenio ha sido de gran ayuda en mi empeño por dar una dignidad estética a los objetos y los lugares insignificantes, muchos de ellos abandonados tras el paso del rodillo de un tiempo que tiene una relación de superioridad con la materia. Sí, como dice Camille Pissarro, “bienaventurados los que ven cosas hermosas en lugares humildes donde otras personas no ven nada.” Siempre sentí la necesidad de convertir un calabozo en una estancia palaciega, de mirar una aberración arquitectónica, cualquier rincón irremediablemente feo, en un lugar que tuviese algo importante que decirme. ¿Y quién mejor para ayudarme en esto que alguien capaz de obsesionarse con la catedral de la Almudena hasta el punto de convertirla en un hito dentro de su mitología particular y volver cada tarde a mirarla y remirarla en su Madrid Rediviva, reescribiendo su significado, apropiándoselo? Recordemos la influencia sobre Eugenio de la novela gótica. La Almudena se encuentra muy cerca de San Francisco El Grande, lugar donde se sitúa la acción de la novela El monje de Lewis.

Sus magníficos collages, en los que convertía paisajes bélicos en estampas de gran potencia estética eran también, en este sentido, una gran enseñanza. La magia cotidiana, tan practicada por Eugenio, es en él una forma de resistencia estética, un recurso para recuperar el orden natural de las cosas y abrir de par en par la vida a las sorpresas, una estrategia guerrillera en un mundo desencantado para devolver parte de su brillo a la realidad, por apropiarse de eso que ya estaba allí a través de una percepción estupefaciente guiada por palabras a la deriva: “Yo soy el allí donde por primera vez se llega” (El gran boscoso).

Collages de Eugenio Castro, pertenecen a la publicación Reaparición de la isla misteriosa, ediciones La Torre Magnética

Esa búsqueda de la maravilla le hacía estar permanentemente en movimiento, pensar en marcha. Muchos de sus libros avanzan con la estructura del Viaje al centro de la tierra de Verne, guiados por la aventurada necesidad de someter sus pasos al azar, tras haber aprendido la primera lección de abismo que nos obliga a pensar que no somos nosotros los que elegimos sino quienes somos elegidos por apariencias involuntarias que tiran de nosotros. En el fondo nuestro destino está tan determinado como el de las rocas y Eugenio trataba de recordarnos esa necesaria intervención del exterior en nuestros designios, readiestrarnos a encontrar las señales que podrían servirnos para trazar nuestro camino propio, nuestra estela en el mar.

No puedo dejar aquí de transcribir unas palabras que me envió tras el último encuentro casual en su calle, Torrecilla del leal. Me contó que había estado repasando sus presentaciones, las palabras previas a las intervenciones de los poetas que desfilábamos por sus ciclos, y había encontrado casualmente las que escribió cuando me invitó al Círculo de Bellas Artes. Estaba contento y satisfecho con lo que había dicho entonces y quería recordármelo. Después de tantos años, y tratándose de Eugenio, no puedo dejar de pensar que vivía en una torre leal a la intemperie, una torre cuya resistencia era parte de su entrega. Por estas palabras de su “Nota introductoria a la lectura en La voz y su sombra, en el Círculo de Bellas Artes, abril de 2006”, y por tantas otras, le estoy muy agradecido y lo mantengo en la caverna de mi memoria como una antorcha.

«El demiurgo y el pensador crean en la poesía de Paco Carreño una radiante esfera de lucidez; la lucidez de un misterio tangible no obstante su bruma, y que el poema salva de su aclaración inútil y vana. Lo real, o si se quiere la realidad, en la poesía de nuestro poeta comienza a serlo en el propio poema, cuando las palabras hacen presente no sólo el objeto que designan sino su materialidad. La palabra, por tanto, se erige en propia realidad, se constituye en órgano autónomo de un cuerpo que denominamos “lo real”. El propio Carreño lo resume con precisión: “Devolver la realidad, escuchar el desafío de la materia, el continuo reto de la proximidad. Sinestesia, metonimia, hipérbole, ironía son modos de manifestación de la propia realidad, modos de percibir el mundo”. Naturalmente, un mundo que, por debajo de nuestra pretensión de “mostrarlo”, nos insta a reconocerlo sin cesar. En este sentido, es el mundo el que invita a restituirnos en la palabra, para ocuparlo de nuevo (tener en él lugar) y poder habitarlo otra vez, estableciendo un tipo de relación del que posiblemente ya no tengamos ningún recuerdo. ¿Concretamente? Añade Paco Carreño: “En una sociedad en que lo concreto más que nunca está mediado por lo abstracto, pero no por una abstracción cualquiera, sino por un doble “concreto”, un sucedáneo de realidad, preferible por nuestra época al mundo original, la función del poeta quizás sea inflamar el hielo de las palabras… transformar la frialdad en calor, la ausencia en presencia, el terror del deseo en deseo, la espacialidad en temporalidad. En último término, demostrar la realidad del propio sucedáneo de realidad fundado en la palabra, probar la materia de la voz.»

                                                                                             .