- Editorial: Casus Belli
- Madrid, 2021
- ISBN: 978-84-122050-1-5
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- Editorial: Casus Belli
- Madrid, 2021
- ISBN: 978-84-122050-1-5
Este libro sale amadrinado por Carmen Abad, a quien estoy muy agradecido por la confianza con la que ha acogido su publicación y por su buen hacer.
Todos los días es un libro ambicioso. Parece no querer dejar nada en el tintero. Por eso se derrama por todos sitios hasta conseguir que las letras se confundan con las ramas.
No está claro dónde terminan las palabras y dónde empieza el mundo. Ese desconocimiento es fundamental.
Habla también de lo que nunca ha sucedido. Y lo propone como experiencia vital. Se trata de un ser que adquiere su forma al aventurarse fuera de sí.
Si difícil es mantener la mirada de las nubes, más difícil es mantener el diálogo con las cosas que solo hablan en nuestro pensamiento.
De ahí probablemente el tono grave. Cuando se habla en nombre de los otros, de cosas y seres que te han brindado, aprovechando tu enajenación, su conciencia, que es la tuya, es normal que se te note en la voz.
Los poemas de este libro dan su voz al agua y a la tierra para formar el barro de un nuevo ser.
Todo se confabula cada noche a maquinar un día que no tiene nada que ver con el anterior.
El principio y el final se confunden en muchos casos, coinciden en parte formalmente, en la estructura circular de algunos poemas y en el establecimiento natural de una fraternidad entre opuestos.
Por lo que entiendo, es el triunfo de las circunstancias, del azar y de la fatalidad, compañeras inseparables de la libertad.

- Editor: Tangible mode
- Autor: Paco Carreño (textos y voz)
- Grabación y espacialización de la voz: Natalie McQuade y Pablo Arcent
- Voces invitadas: Carmen Carreño y Pilar Carreño
- Introducción y muestra de dos poemas
Este libro, publicado en papel por Casus Belli, participa también de una necesidad de compartir el viaje. En este caso los compañeros son Pablo Arcent y Natalie Mcquade. Ellos han liberado la voz de estos poemas, los han sacado del libro y los han extendido por el mundo. Nunca antes había reconocido una fidelidad semejante al timbre de mi voz. Hay en las grabaciones una forma de oralidad de un presente atravesado por la memoria.
Día de todos
Son las diez de la noche,
sigue haciendo calor.
La gente mira al cielo
de tormentas que no llegan.
Una historia que nadie conoce
sucede.
Todos los que ahora pasamos
tenemos un solo pensamiento diferente.
Nada invisible nos une,
nada visible nos separa.
Formamos parte
de una obra inacabada:
un cuadro ciego,
un mudo madrigal.
El día 17 de diciembre
Hoy que reconozco sólo aquella mano que no tengo y siento, que veo por los ojos prismáticos de avispas nacidas para llorar con todo su cuerpo y camino con cien pies por una tierra tan triste como mi pobre sombra, pido sinceramente al cuervo que en su color me preserve de su negrura.
Simulacro tras simulacro, el cuerpo espera un cuerpo.
Una corriente de lágrimas cruza el vacío de los ojos.
Adivino turbiamente la inexistencia de mi hermano.
Corre la leche de los muertos por el aire.
Una nube nodriza llena el cielo.
El día sigue manando.
Nadie consigue acabar con ella.
Con toda la voz, con toda la sangre,
llamo a los muertos que están a punto de ser olvidados.
Ellos pueblan mi sed
con su experiencia atrabiliaria.
Mis deseos se clavan con fuerza en el suelo.
Desde entonces
nacer y morir te acompañan.
Son como tus dos manos.
No tienen nada que coger.
Cuelgan y te siguen, inútiles.
No hay frutos para ellos.
Pero tú aprietas el vacío
donde estaba tu hermano.
Reseñas y entrevistas
- Medio: La Verdad
- Autor: Manuel Madrid
- Murcia 19 de agosto 2021
- Enlace a la reseña
Manuel Madrid, en el periódico La Verdad, recomienda Todos los días como uno de los libros que pueden ayudarte a detener el tiempo en agosto.
- Medio: Onda Regional de Murcia
- Autor: Tarde Abierta
- 25 de febrero de 2022
- Enlace a la entrevista
Charla sobre Sexo y silencio, de Ignacio Castro, y Todos los días, de Paco Carreño, en el programa radiofónico Tarde Abierta

- Medio: nuevarevolucion.es / Todos los días
- Autor: Manuel Pérez
- diciembre de 2021
- Enlace a la reseña
Mirar la nada,
Día mesiánico (Paco Carreño)
pensar la nada,
bajar,
cruzar,
seguir avanzando,
no dejar nunca de caer.[…]
¿Qué mejor manera de empezar una reseña que citándolo? Sus versos abren paso a mis líneas que, nuevamente, regresan a ellos. Días después de su presentación en la librería del CBA, consigo sentarme. Y huyendo de obligaciones recuerdo: A compas del ruido // el corazón // se va parando. Comienzo:
Todos los días nos recuerda el invierno que llevamos a nuestras espaldas, nos envuelve en el manto de hojas caducas y cortezas colgantes, nos empuja contra el silencio de una noche vital más larga que los días. Pero el invierno, no es solo eso, la desnudez del frío nos deja frente a la realidad sin ropajes de decoro. Aquí están las heridas, // toda profundidad, // una sabiduría que no deja de sangrar.
Paco respondió a la pregunta del poeta en aquella presentación: “¿Cómo se hace para estar siempre esperando? ¿Cuánto hay que esperar? El oficio del poeta es el más difícil de todos. Aguantar en silencio, en el tiempo del ruido, a que la vida ocurra. ¿Por qué buscar la verdad fuera de tus ojos? Alguien, que eres tú, sabrá el momento.
Bajo nuestros pasos, la vida sigue. Las cosas, creo entender, nos atraviesan y en ese atravesar, dejan la huella del verso. Paco consigue capturar el movimiento de los días, lo infinito de los mismos, lo eterno en la monotonía.
– Alguien me tiró al cubo de basura.
– ¿Y qué viste?
–Oh, muchas cosas: una piel de plátano deseando salir del cubo, con muchas ganas de broma, aleteando como un insecto atrapado; un vómito con todos los colores del arco iris, una carta de amor larga, muy larga, rota en mil pedazos. Una pareja de insectos que se abrazaba.
DÍAS AL FONDO (Paco Carreño)
Desconozco si en algún otro momento vivir ha sido tan feo. La vida se ha distanciado de toda vitalidad para quedarse en puro biologismo. En este sentido, la poesía es una barricada en la resistencia. Antes de morir elige: // o la vida muerta […] // o la vida viva. Sin tener que abandonar la ciudad, sin la necesidad de un exterior idóneo, los colores consiguen infiltrarse en la vista de quien olvida los ojos para mirar.
Repleto de palabras, silencios, recuerdos, sequedad, frío, invierno, ojos… el libro nos dice lo que siempre ha estado. Nos habla al corazón oculto que, en la oscuridad, sigue latiendo. Como una cuerda, Paco intenta despertarnos con Todos los días intenta llevarnos de nuevo a las mismas calles de siempre. Sin cambiar los lugares, reinventarlos. Aboga por la experiencia. Vivir exige bajarse al barro: ¡Qué ganas de pasear por la ribera equivocada del río! Un error es un deseo ejecutado. Un miedo vencido, una batalla luchada. Debo mi vida al sueño nos dice Paco. Equivocarse es una canción que atraviesa cláxones y motores. El hombre es un ser que se equivoca, // y lo malo es que no siempre se equivoca.
Aún sin saber de poesía, exijo el éxito de la poesía. La entrega a las grandes plumas, un retroceso al hombre sin envolturas. Una huida de currículums y productividades. Paco ve el baile del viento y los árboles, el anhelo por la voz. Habla por quienes hemos perdido la voz. Nos explica, nos intenta explicar… que no hay respuestas sobre la espera. Nos dice: Es todo tan simple que nadie lo entiende…
Hay tiempo para la vida, aún lo hay.
Manuel Pérez en Nueva Revolución.
- Medio: elcorreogallego.es | web de Ignacio Castro
- Autor: Ignacio Castro
- 26/11/2021
- Enlace a la reseña en la web del Correo Gallego | web de Ignacio Castro
El filósofo Ignacio Castro sobre Todos los días:
TUVE UN LIBRO EN LAS MANOS
A pleno pulmón, como los tísicos
Son inevitables las repeticiones en este texto, pues hay cosas tan difíciles que han de volver cien veces para que las creamos. No importa si tal o cual idea no es exactamente fiel a la intención del autor de Todos los días. Importa que esta lectura corra en paralelo y dé lugar a un encuentro. Para que eso ocurra, hubo que escoger y acentuar en una larga maraña.
Destituyendo al sujeto para que acontezca lo real, la poesía es la verdad, la ciencia paradójica del ser único, trabajando el instante donde ocurren las cosas. De ahí su estatuto cultural tan equívoco. Por una parte, venerada por la imaginería popular. Por otra, condenada por las élites a las afueras de la ciudad, encerrándola en esa jaula dorada de unas veladas íntimas que han de suceder un poco antes de la noche. ¿Para que el dormir reparador la convierta en un sueño que no contamine la industria del día?
El poeta se hace preguntas secretas, el filósofo se hace preguntas secretas. Todo el mundo se las hace, con más o menos discreción, con mayor o menor disimulo. Por miserable que sea, no hay hombre que no sepa algo del dios de las preguntas sin respuesta.
Quiero aprender cada día a considerar como belleza lo que tienen las cosas de necesario. Desde la maravillosa y poco frecuentada frase de Nietzsche que abre este libro, el poeta lucha por no abandonar la profunda y ancestral noche que late en el día. Lucha por no abandonar el día a su suerte, al poder de una usura calculadora que nos quiere separar del peligro y del alma de las cosas, de todo lo que es frágil, humilde y mortal. En este sentido, hay en Todos los días el imperativo moral de no dejar nada fuera del molde con el que encaramos el mundo. Ningún tedio sin dios, ningún anonimato sin su pequeña gloria.
Es de suponer que a eso se refiere la inicial promesa de tener que «unir la muerte con una inesperada ceremonia de inauguración». El cansancio sube, el presente es incurable, pero este libro se resiste a una profundidad que no se reencuentre con la superficie, con una luz diurna jamás reconciliada consigo misma, con ninguna de sus imágenes oficiales.
«Al final de la tierra veremos, sin añoranza, el principio de la tierra». Para que esto ocurra, el poeta no se recrea en la facilidad de la queja, en un ámbito de experiencia triste y oscura que no haya de volver a la crudeza del día. Tal vez la repetición de imágenes de cierta antigua sabiduría está al servicio de un cierto retorno, de ahí que este libro tenga poco que ver con la obsesión, habitual entre los intelectuales, de buscar un refugio. Una tarea constante de Carreño parece ser no abandonar la comunidad más vulgar, impolítica y sin ideología.
Como si el bien solo consistiera en la fatalidad del mal por fin abrazado, apurado hasta las heces. Frente al político, que busca líneas de separación que nos permita realzar un particular nosotros, el poeta sigue resistiéndose a abandonar ninguna maleza, ninguna criatura, ningún demonio.
En tal aspecto, Todos los días busca una épica que pueda con el estrés, envolviendo la angustia de la lucha neurótica por la supervivencia. Liberándonos del temor de la vulnerabilidad, de la marginalidad, de un temor económico continuamente inyectado, este libro nos llama a confiar en el poder del infierno, al menos, del desierto que nos sigue. Como si el feroz universo contemporáneo no hubiera en realidad perdido nada: ningún peligro, por tanto, tampoco ningún dios posible.
Estamos entonces ante el antiguo imperativo ético de lograr no tener nada importante contra nadie, como si nada humano nos fuera ajeno. Por eso el poeta no cede al hechizo del lenguaje refinado, al chantaje de la belleza pura. Busca una y otra vez que sus palabras vuelvan a la riada común del sentido, a la textura incierta de días compartidos, sin necesidad de ninguna conciencia que nos salve. El no saber es lo que nos une.
Lograr la cuadratura del círculo, la reconciliación del industrioso día con el vértigo de las tinieblas. Basta con perseverar en nuestra inevitable necedad para encontrar un modo suficiente de sabiduría. Tal reconciliación es cualquier cosa menos fácil, estable o placentera. Por el contrario, nos obliga a estar el día entero en el gimnasio de la incertidumbre. En la medida en que busca lograr ser cualquiera, confundido en la común soledad, este libro no nos separa de la plebe.
De un modo entre tierno y acerado, Todos los días sostiene un materialismo del misterio que nos une, también con los insectos. Nada inhumano nos es ajeno. No obstante, Carreño se empeña en que esa emoción del encuentro no desdibuje las necesarias precisiones. Tenemos dos manos, y una y otra no tienen por qué estar de acuerdo, ni latir al unísono.
Entre ambas, el resto es adivinar el presente, este laberinto de lo cotidiano. El futuro vendrá por añadidura. Ciertamente, todo lo intelectual es un juego de niños comparado con esta tarea ímproba de habitar lo extraterrestre de la tierra.
La necesidad de no abandonar el peso y la necesidad de no abandonar el vuelo, esa fascinación de los animales que flotan y consiguen una vista de pájaro. Ocurre como si el poeta se empeñase en el trabajo de invertir la soledad desde dentro, la gravedad desde dentro. En lograr una inocencia, una virginidad, que consista en acoger dentro el entero tormento de la materia, sin nada libre de sus llamas. Una purificación a través de la impudicia. Y una vieja leyenda: los elegidos son los abandonados, los que han caído y no han podido elegir.
También una recreación incesante de la creación, como si viviésemos en el primer día del universo. El Edén es esta crudeza del limbo, solo que vista, oída y cantada desde sus entrañas, como si nada se hubiera dicho antes. Todo es eterno desde su caducidad incorruptible.
¿Qué hay del día real, del día firme y arrollador de los hombres y las bestias, un día que no deja nada fuera? Está aquí, intacto en estas páginas, un día del que ni hace falta hablar. Solo que el poeta se asoma además a su otro lado, clandestino. Como todo el mundo, de acuerdo, pero el poeta lo dice. Hay que recordar otra vez que un libro de poesía solo dice en voz alta lo que los humanos ya sabían, pues lo habían vivido en el rumor de sus horas furtivas.
Los relojes quebrados al entregar sus horas al viento de la mañana. Un buen caminante no deja huellas, confunde sus pisadas con el relieve del terreno. Traer a la ceguera del día lo sagrado del amanecer. Soñar el día con los ojos abiertos: «sueños de recuerdos, recuerdos de sueños».
De ahí una naturaleza igual a dios, igual al diablo. Todavía hay dioses porque ya no quedan templos. Las epifanías han de pasar la prueba de la estulticia, generando un altar inesperado que se confunde con la mugre.
El autor de este libro, bajo sus ademanes de hidalgo, sostiene una vieja rabia de mendigo. O tal vez lo contrario. Pero la inevitable queja por el curso impúdico de los hombres, desde que el mundo es mundo, ha de lograr no ofender los derechos de un día que no tiene por qué saber lo que hace.
De donde esta buena relación con la vida secreta de las criaturas, desde la cebada al barro. Todo conspira, en relaciones implícitas. No existe nada desligado. De ahí esa vieja leyenda según la cual los milagros son un poco dudosos. En verdad, ¿los necesitamos? La entera realidad es milagrosa.
A ella y a nosotros, nos hace la necesidad, una punzada muy cercana al hambre. Por ella cada día es el clima de unos senderos torcidos que deben llegar a su derecho a la belleza. El gran viaje es permanecer atento a los signos, a la necesidad infinitamente contingente que nos rodea. Como dice Anne Carson, la belleza nos deja sin esperanzas. ¿Solo a la espera de que el mundo siga? Una vez más, la vida es demasiado increíble como para tener que pensar en la muerte.
Ignacio Castro Rey. Picón, 26 de noviembre de 2021
- Medio: solidaridaddigital.es
- Autora: Esther Peñas
- 03/09/2021
- Enlace a la entrevista
La poeta Esther Peñas entrevista a Paco Carreño en Solidaridad Digital a propósito de la reciente publicación de Todos los días en Casus Beli
«Para acceder a nuestra propia existencia hay que pasar necesariamente por alguna forma de pobreza»
Paco Carreño, poeta
Esther Peñas / Madrid
Quien reúne (en una taberna oscura de sí) el coraje conveniente para salir fuera de uno, en un recorrido en el que todo es pura contingencia, fulgor, descendimiento. La libertad como una embriaguez posible, la circularidad de la palabra (conjuro sumerio del poema) y su dislocamiento del orden imperante. La articulación dolomita de una posesión: la poética. Algo de todo esto contiene Todos los días (Casus Belli), el último poemario de Paco Carreño (Murcia, 1965).
¿Hay algo que, siendo poético, suceda todos los días?
En Todos los días está la convicción de que lo poético no solo sucede en cualquier momento, sino que tiene que ver con hechos y personas cualesquiera. Lo poético es la condición privilegiada de ser cualquiera. Eso no quiere decir que cualquier poema, por el simple hecho de serlo, encierre lo poético y tenga la capacidad de liberarlo. Con una mano sigues el dictado de lo excepcional, de lo concreto, eso cualquiera (imprescindible en poesía), y con otra obedeces a lo común que nos hace hombres.
Cuando «el cansancio/ sube hasta el aliento», ¿conviene escribir, cantar, quedarse en silencio?
Para mí el cansancio siempre ha sido una manera de estar expuesto a la posible revelación. Se rompen muchas barreras que permiten la entrada de lo insólito. El mejor momento para la conciencia es la primerísima hora de la mañana o las de la madrugada. La duermevela es en ocasiones lo mejor para abrir la percepción.
Convenientes son las tres opciones: es el silencio quien canta cuando escribimos. Poeta es el portavoz de las cosas mudas. Si canta, es porque el mundo ya lo hace. En este libro no solo canta el viento en las hojas del árbol, cantan también los motores, las sirenas de las ambulancias, el cuchillo en el pan. Yo he tratado de transmitir fielmente el enigma de esas voces. Mis poemas están basados en una actitud radicalmente descriptiva. Lo imaginario es una lección de la realidad.
¿Qué tipo de sabiduría es «la que no deja de sangrar»?
Supongo que se trata de esa sabiduría accesible a cualquiera, de esa especie de reconocimiento fulgurante de lo cotidiano, algo así como comprender, por ejemplo, al verla, una silla: su materia, su forma, su utilidad, su potencia simbólica. Ese conocimiento no es una llegada, un contentamiento, sino una partida, el principio de un viaje.
No deja de sangrar porque un poema ha de abolir las fronteras del sujeto. El poeta es una persona especialmente expuesta. Su infinita disponibilidad lo obliga a ser el receptáculo de lo más extraño. Su curiosidad no es la del coleccionista, sino la de quien no puede dejar de ser lo que no es, la de quien no se conforma con ser uno mismo. El máximo peligro, para un poeta, es el de pensar que habla en su propio nombre, o, más bien, el de hablar en su propio nombre. Es por eso por lo que Platón los expulsaba de la República, por creerse responsables de sus palabras. El lugar de la palabra poética siempre es, de algún modo, extramuros.
¿Cuál es la forma por la que siente sed la palabra?
Las palabras son las esponjas del ser, son el calor que tira del mar, con toda su resistencia salada, para llevar las aguas a las nubes, al lugar de las formas infinitas. Las palabras son artefactos insaciables de sentido, de ahí que se las llame viajeras en «Un día iconoclasta». Cada una de ellas va buscando por el mundo objetos con los que sentirse reconocida, hermanándose en analogías, desapareciendo en ironías, con un instinto proteico que no es único del lenguaje. Este libro se hace eco de esta sed, que es la de la propia lengua, por estar en el mundo, por ser de las cosas, con las cosas, por transformar la realidad. Las palabras son también el reflejo de esa extendida necesidad de construir, de atravesar la nada, el caos, lo informe. Se ofrecen también como conciencia de la difícil separación entre crear y percibir.
¿Qué conforma (de tenerla) la identidad del poeta?
Me reconozco más en el pensar heterogeneizante machadiano, en una identidad, que es la de las propias palabras, abierta y abarcadora. En ese sentido, el poeta no habla con propiedad salvo cuando se invierte el sentido de la posesión y es él el poseído. Aquí recuerdo aquel viejo lema del Grupo Surrealista de Madrid: la poesía posee. Supongo que también estoy conformado por dilemas e inquietudes recurrentes. Reconozco en algunos poemas respuestas a preguntas que me acompañan: cómo elegir un camino que sea todos los caminos, cómo dar voz a las cosas y hacer que las cosas te den voz a ti. También encuentro rastros de la necesidad de errar, en el doble sentido de la palabra, de equivocarse, la identificación de pensamiento y movimiento, el amanecer como momento clave de la existencia, la fascinación por la locura, el mal que ronda.
Si el hombre es un ser que se equivoca, ¿el poeta yerra o siempre sostiene la verdad?
Diría, en nombre de Todos los días, que el poeta hace las dos cosas. Es una enseñanza de Blake que podemos demostrar válida no solo para la poesía: si el ignorante persiste en el error, al final se hace sabio. Todo el libro está impregnado de ese espíritu que nos guía a la hora de atravesar lo desconocido.
Y sostiene la verdad, claro, pero la condición de su verdad está siempre vinculada a ese «presente incurable» que aparece en el libro, por lo que es difícil enunciarla e imposible apresarla. La verdad es quizá la libertad en estado puro. Me gustaría que no se confundiese esta verdad arraigada en el tiempo con la actualidad en la que se puede defender hoy algo y mañana lo contrario. Ese es más bien el triunfo de la verdad conveniente y responde a una lógica dominada por abstracciones inhumanas en el peor sentido de la palabra.
La verdad en Todos los días llega a la torsión de negar la realidad y afirmar que un hermano muerto no está muerto. Me temo que las verdades de este libro no son el producto de una demostración, sino una invitación a compartir aquello que no está demostrado.
¿Qué hay que «elegir antes de morir»?
Este poema, «Un día u otro», surgió en parte como reacción a la obra de Hirst «For the love of God». No sé si recuerdas aquella famosa calavera de platino adornada con casi diez mil diamantes. De alguna manera creo que para tener acceso a nuestra propia existencia hay que pasar necesariamente por alguna forma de pobreza, solo ella nos puede introducir a esa verdad que es, como en el poema, una forma cualquiera y única de dar la luz sobre una palmera.
¿Qué es lo único que requiere el poeta para escribir?
Te diría que ojos, nariz, manos, oídos y boca. Desde luego, necesita esos instrumentos fundamentales para percibir. Todo lo que impida esa relación sensorial con el resto de la vida es un obstáculo. Recuerda lo que decía Lorca en su charla sobre Góngora: el poeta es un maestro de los sentidos.
¿Cómo se detecta «un día perdido»?
Un día perdido es un día en el que no has sentido nada, no has mirado a nadie, no has visto nada, no has olido ni siquiera el tufo de las colillas. O no has tenido la suerte de que un desconocido te regale un montón de cerezas. Días horriblemente cuerdos. Para mí, como estar en la cárcel.
¿Cuándo «la vida se desprende de cualquier interés», cómo se vive?
El poema donde has leído esto es uno de los dedicados en el libro al tema de la locura. Siempre me ha resultado un territorio muy tentador. De hecho, a veces pienso: ahora, en cuanto deje de ver esto que estoy mirando delante de mí, perderé la razón. Es un vértigo extraño y una inquietud afín a la curiosidad que siento por las drogas, esta última sobre todo teórica. He leído con avidez a Artaud, a Michaux, a Huxley, a Castaneda y a Jünger, buscando, supongo, el tesoro de una conciencia inmediata, de una percepción fulgurante y reveladora, de ese desprendimiento del interés que imagino también en los ritos dionisiacos, útiles para entrar en esos miles de detalles de los que prescindimos para orientarnos en una especie de miniatura de mundo que hemos hecho a nuestra medida. Me fascina que los mejores dibujos de Michaux sean los que hizo bajo la influencia de la mezcalina, aunque defendiese la ebriedad del vaso de agua.
Tu pregunta es realmente buena: cómo vivir cuando la vida se desprende de cualquier interés. Probablemente sea imposible a largo plazo. Quedarse a vivir ahí es entregarse definitivamente al silencio, y yo creo con todas mis fuerzas que somos los guardianes del infinito y tenemos que nombrarlo una y otra vez en la medida, o desmedida, de nuestras posibilidades. Por eso para mí un loco siempre es un ser especialmente precioso al que deberíamos acompañar cuidadosamente en su terrible soledad entre nosotros.
¿Para quién escribe el poeta?
El poeta escribe para todos, uno a uno. Para todos aquellos que sienten una necesidad de atención insaciable, para los que buscamos abrir la percepción todo lo posible y tratamos de ver lo insólito también en lo ordinario. Hay que mantener adiestrados los sentidos para seguir percibiendo todo eso que a menudo queda en los márgenes porque no es inmediatamente útil, y a eso se dedican los poetas.
El poeta tiene la única responsabilidad de ofrecer su conciencia a la realidad muda. Nos creemos que utilizamos el viento para hablar mejor de nuestros sentimientos, pero son el viento y las hojas que mueve las que encuentran en nuestras palabras la posibilidad del pensamiento, se realizan como conciencia, participando así de lo invisible. Esto es una enseñanza de algunos autores del Romanticismo. Por eso podríamos decir que el poeta escribe también para dar voz a las cosas mudas, para que ellas se escuchen a sí mismas. Y esto es especialmente delicado. La clave, supongo, es dejarse poseer, la ebriedad, salir de sí mismo.
El poeta también habla para sí mismo. Él mismo necesita saber qué quiere decir. Kleist recordaba que el pensamiento se hace al hablar, y no puedo estar más de acuerdo.
¿Es poética la maldad?
Es uno de temas más importantes de la literatura. Cumbres borrascosas, Crimen y castigo y los Cantos de Maldoror son cimas de la poesía del mal. Es curioso, el único día que se repite es el «Mal día». En este libro se dice que la maldad es inexplicable. No es raro, dado el interés de la poesía por lo desconocido, que sea uno de los caminos a explorar. No sé si es posible contemplar el mal sin luchar contra él. Solo sé que descartarlo de nuestro horizonte nos acerca peligrosamente al final del mundo. La maldad es poética cuando se cruza con la inocencia.
- Diario político y literario de Fulgencio Martínez / Revista ÁGORA de crítica y creación literarias
- Autor: Fulgencio Martínez
- 29 de junio de 2022
- Enlace a la reseña
GÉNESIS DE UNA COSMOLOGÍA EN TODOS LOS DÍAS, DE PACO CARREÑO

Voy a hablar del libro Todos los días de Paco Carreño exponiendo mi propio proceso de lectura y experiencia de la lectura (tratando de que esta pudiera ser, no ejemplar, sino un término de comparación para que otro lector construya la suya…; y repara que acaba de salir la palabra construir, importante en este libro de Paco Carreño, como veremos). Habría otro método a seguir: podría elegir los poemas que más me han gustado y profundizar en ellos por medio del análisis. Ambos métodos me gustan, uno más genético y comprehensivo y el otro más analítico y concentrado. Podría incluso intentar una mezcla de ambos. En cualquier caso, se trata de encontrar con vosotros algo en común, que nos permita discrepar o incluso coincidir.
Encontrar, otra palabra a tener en cuenta. Poeta es que el encuentra, no el que inventa, ni siquiera el que busca; poeta es el que encuentra: ya veremos qué quiere decir esto, fuera de los tópicos.
Paco Carreño me envió un ejemplar de Todos los días a finales de diciembre de 2021, con esta dedicatoria personal que, con su permiso, comparto, porque veréis, dice: «Espero que encuentres en estos poemas algo de lo que yo he creído encontrar».

Comprenderéis que después de esa dedicatoria tan inteligente uno arda en deseos de leer el libro. Lo que el poeta y autor ha creído encontrar anuncia algo, cuya posesión sabemos del poeta, por la confesión o confidencia que nos hace, y anuncia algo más, que se deja entrever en el “he creído” que antepone a «encontrar», quizá una fe o convicción. Pero, además, un tercer elemento: esa posesión, y a lo mejor esa convicción, puede ser también hallada en, encontrada con, compartida por los lectores. (Aquí, «Hasta las preposiciones saben a vocativo», como diría Carreño).
Si se tratase de un tesoro, el creer haber encontrado del autor nos confirma indirectamente en su existencia y nos invita a encontrarlo nosotros, y, otro matiz, quizá nos necesita como testigos, peritos o cómplices del encuentro.
Hábilmente el poeta implica al lector, lo lleva y le previene, le da una activa participación en el poemario, hábilmente también, desde el espero que encuentres del inicio de la frase le pone en alerta y le llama a usar sus capacidades. No ha de flotar su lectura como sobre una cáscara vacía.
Principio de opinión crítica
Mi primera impresión de Todos los días es que es una colección de poemas,
una colección poética sorprendente (como dije ya en una nota publicada en el blog de Ágora). Junto a extraordinarios poemas de la angustia cotidiana, el autor en otra mayoría de poemas fuera de tiempo muestra su conexión con la naturaleza. Versos límpidos, con un pulso misterioso, sencillo, tras el que se adivina la luz recién nacida y el aire del Noroeste murciano, íbero y mediterráneo.
En comunicación personal le escribí al autor estas palabras, que ratifico públicamente:
te felicito por tu libro… Me ha sorprendido… Me ha gustado en su totalidad, tanto los poemas en ritmo más largo, de inquietud, rebeldía o introspección donde el yo se expresa, como en aquellos otros, breves y en metro corto, donde el yo es testigo. Me reafirmo en mi gusto por ese grupo de poemas, amplio, que conectan de una forma clara, como bien presenta la cita de Nietzsche, con el orden bello, necesario, de la naturaleza. Hay algo que sugieren y que el lector percibe, y eso es una poesía muy honda. Me gustan también los poemas finales donde evocas a tu hermano. Hay poemas como “Día de la tierra cuadrada”, que no me canso de leer. Eso es poesía. Enhorabuena, por esta obra de gran maestría y aliento.
El libro es una colección, dije antes. Mejor diré (en términos de música) una suite de poemas. Pero, una colección, no es nada peyorativo; en mi primera lectura reconocía ya tres capas o hilos. Un tapiz está formado por muchos hilos, y es una colección, incluso un cúmulo de figuras.
En mi primera lectura me fijé en esto y en las dos o tres figuras o grupos de figuras, y en varios hilos que me parecían más importantes.
Pero no capté el sentido, la intención o al menos la pulsión de la obra, de la construcción, la colección en progreso: eso es lo que brevemente quiero exponer ahora. Y para ello empiezo sentando hipótesis y revisando el libro da capo y hasta el rabo o final. Espero no aburrir, y no ser todo el tiempo aburridopedante.
Al libro hay que preguntarle. Encontrar es lo que queremos, ¿pero, qué?, lo que el poeta ha encontrado es lo que más interesa, es nuestro norte hermenéutico, no dar una lectura inventada y ajena al autor.
Ab initio
Creo que podemos ver en el libro dos juegos de tensiones, que nos ayudan a abrir su compresión; es como si leemos en la infancia lo que será la persona madura, estas tensiones están en el premundo del libro y nos sirven para ver cómo, luego, se funden y crean otras figuras, y nos llevarán a las puertas de ver cómo poeta y libro alcanzan su palabra, su tono: 1) La primera, afecta a crear el espacio y perspectiva del libro. Es la tensión que va del Comienzo, del mirar Desde Arriba, del impulso al espacio de movimiento y dirección, al hondo, a la oscuridad, al pozo, a la profundidad (como el día, por cierto, que va desde la aurora al crepúsculo). Como todos los días. Además del título del libro de Carreño, nos recuerda aquí esta tensión, que empieza desde arriba y cae y se reinicia, el verso magnífico de Claudio Rodríguez «Siempre la claridad viene del cielo», de su libro Don de la ebriedad.
Podríamos ejemplificar esta tensión (que no genera una verdadera antítesis, ni síntesis, sino que paradógicamente está condenada a reproducirse para superarse) con meras citas de términos poemáticos esenciales en el inicio del libro: «águilas» (del poema «Alto día» (p. 31)), nubes, vuelo, pájaros; frente a profundidad, fondo, pozo, peso, «…fondo / lleno/ de estrellas deshechas» (dice el poema «Un día de peso»). (p. 28). (1)
2) La segunda afecta a la voz; tú es la forma de dirigirse el poeta a sí mismo (hasta llegar al poema «El Día de los brindis», en que comparece un hermano, y por contraste la forma yo). Pero eso será más adelante. En los inicios del libro una voz impersonal o el «nosotros» aún impersonal, es lo frecuente, pero poco a poco el poeta se perfila y distingue dirigiéndose a sí mismo como a un tú. (Dejando aparte los dos textos de presentación, que no llevan título ni mención a la palabra «Día», en el primer poema, titulado «Un día antes» se lee: «La noche, funda de tu sombra» (…) ) (p. 14) (2)
Esos dos juegos de tensiones (que afectan al espacio y a la voz en los tanteos del libro…, que son como el inicio de un mundo, de una cosmología personal) dan pronto cancha a un tercer juego de tensiones que marcan ya dos temáticas esenciales del libro: la naturaleza y lo humano.
3) Por un lado, el poeta encuentra la corriente neutra de la naturaleza, lo eterno, sin angustias, lo divino, lo completo, aunque quizá no aún, a falta de la palabra que lo pinte o lo hermosee. Y por otro lado, el mundo humano, el mundo de la vida: das Leben ist eine Baustelle, se lee en el enigmático poema «Día del callejón» (p. 18). La frase en alemán quiere decir: La vida es una lugar en construcción, una obra. Obra no en sentido de arte, ni algo construido ya, sino en el sentido cotidiano cuando decimos «He visitado una obra, o hay una obra junto a mi casa». Un lugar en obras, en el tránsito a ser una casa, un castillo o una iglesia o una oficina. No es aún eso que llaman los alemanes Gestalt, figura. Pero sabemos que es algo que está levantándose como morada (Baus). Dice José Luis López Aranguren que ethos, para los griegos, significaba, en su primer sentido, morada, hábitat o refugio, antes ser el término del que derivaría ética. Un poeta al que admiro, Luis Bagué Quílez, dio a uno de sus libros este hermoso título Página en construcción.
De ethos como morada, hábitat, se pasó a ethos como morada interior, yo moral o conciencia, carácter, personalidad, que se va construyendo con nuestros actos (como dijo Aristóteles en su Ética a Nicómaco). Igual que la vida y la escritura literaria, poética, el yo se construye; más aún, no deja de construirse; y visto desde fuera, como si dijésemos desde el espacio, objetivamente, es un lugar de construcción, una obra. Mi abuelo me llevó a ver una obra siendo yo muy pequeño. Cada acción ahí tenía un sentido, cada cual hacía su faena propia… y ninguno (salvo uno ausente, el arquitecto, tenía el plano y la finalidad de la obra en construcción). Algo así pasa en la vida, como nos viene a sugerir el libro de Paco Carreño, y este poema en concreto, de forma enigmática: como salidos de una cárcel hemos de construirnos una nueva vida cada vida, cada día quiero decir.
Sin embargo, no hemos de perder de vista lo necesario, el orden divino, lo que está abierto y en lo que moramos, básicamente. Eso divino, la naturaleza, también puede unirse con la construcción, por medio de la palabra. Es la tarea del poeta construir «perspectivas», lugares, paisajes, modos de morar y habitar en lo abierto. Carreño llegará, en su libro, «Día de nuevo» (p. 62) a incorporar esta nueva relación. De modo que la tensión entre la naturaleza y lo humano se puede decir que llega a resolverse y produce, a mi entender, los más singulares poemas a partir de la mitad del libro.
Sugerida ya la génesis de la cosmología en Todos los días, voy ahora más de prisa anotando algunas consideraciones sobre el libro, sometido a esta especie de escáner o disección que quiero compartir con vosotros. Mi valoración del libro de Paco Carreño ya está expuesta arriba. El libro se abre con la dedicatoria textual, donde basta la sola mención de los nombres:
Belindo, Alfonso, Carlos, in memoriam
y con la cita de Nietzsche:
“Quiero aprender cada día a considerar como belleza lo que tienen las cosas de necesario” (Cita de La gaya ciencia, que sigue a otro título del mismo filósofo en su periodo optimista: Aurora).
Y un paratexto lo cierra: con estas palabras del filósofo Ignacio Castro: “Carreño nos recuerda que lo divino es al fin y al cabo el pulso de un día cualquiera”.
a modo de preludio
Le siguen dos textos presentación sin título ni mención a días: el primero, un poema breve en prosa, anuncia en lo formal este tipo de poemas en prosa, en los que Paco Carreño demuestra una soberana maestría. Es uno de los mejores del libro. En su brevedad, se insinúa la temática de la muerte frente a inauguración, comienzo /llamada, vocación en definitiva de dar la palabra a la vida: el siguiente texto, también sin título, es un poema en verso libre, en metros cortos, que prefigura la poesía concisa ajustada, contemplativa de la naturaleza. Pero en ambos poemas se nos preanuncia un trasfondo del libro, resultado de una angustia vívida. “Hasta las preposiciones saben a vocativo”, dice en el primer texto. (p. 11) (3) Y en el segundo: “aquí están las heridas/ toda profundidad/ una sabiduría que no deja de sangrar. (p. 13)
Tres secuencias o pulsos
Distingo en el libro tres secuencias: Una primera secuencia: desde el poema “Día de todos” a “Días de sed” (pp. 25-42). Dejando aparte el enigmático poema al que he hecho ya mención,”Día del callejón”, el libro comienza a tener entidad con el poema “Día de todos” (p. 25). “Formamos parte / de una obra inacabada”, se nos dice, implicándonos. Otro poema “Más día que nunca” (p. 30) nos advierte que “el temblor está fuera” donde “canta la ceniza su dispersión”. El poeta ha hecho ya su voz. Y ya puede decirnos, en el poema “Recíproco día” (p. 32) que: “Cada rostro es el fondo del universo”. Hasta llegar ahí recordemos las tensiones que el poeta ha de afrontar para generar su palabra, su cosmovisión.
Un mundo se ha prefigurado pero en él aún falta la solidez de un yo. Dice el poeta, en esta especie de confesión de fracaso en que concluye esta primera secuencia y propiamente la génesis de su cosmología, dice, en el poema “Este día no se parece a nada (p. 36): “No consigo ver mi rostro reflejado en las aguas”. La duda viene a turbarle, en el poema “El día de los juramentos” (p. 38.):”¿Y ahora, qué palabra poner?”
La segunda secuencia o corte se inicia con “Días de sed” (p. 42), este es uno de los poemas que yo destacaría más en el libro. Junto con el siguiente: “Un día en Colonia” (p. 43), que termina así con este impresionante verso: “al final de la tierra, veremos, sin añoranza, el principio de la tierra”
Esta secuencia es redonda, la palabra del poeta asume el riesgo y acierta a dar voz a lo humano escindido y a la muda naturaleza.
Otros poemas excelentes: “Exactamente un día” (p. 51) donde el árbol y el viento conciertan.
El poema “Día de nuevo”, (p. 62), como anuncia en la cita de Gide antepuesta al poema, trata de cómo el paisaje se hace al paso que avanzamos.
Como el camino del poema de A. Machado: “Caminante, no hay camino, / se hace camino al andar”. El país no existe más que a medida en que nos aproximamos y el paisaje se va mostrando delante de nuestra marcha. (A su modo, también la naturaleza es Obra en construcción, en este poema se barrunta una síntesis entre naturaleza y hombre).
Y llegamos a dos poemas cumbre del libro, los siguientes que quiero destacar: “El día de los brindis” (p. 64): “Por ese río que no termina de pasar…/ por las piernas convertidas en tijeras de podar caminos, …. por las casas que están a punto de caer / y se apoyan en una común debilidad… por una mujer, / por un jardín cerrado / por mi hermano, /por mi copa llena de admiración.”. Ya indiqué que es este poema donde se hace presente el poeta en primera persona, a través de un yo seguro, que no queda ya en segundo plano, y que dialoga con el tú de las múltiples realidades que le convocan. /Mi hermano, mi copa llena de admiración/ estos mi, posesivos cariñosos, profundamente afectivos, son marcadores de exposición mayor, plena, del que habla. Qué curioso el lenguaje: los adjetivos posesivos cuando expresan cariño dicen lo más puro y desnudo, como cuando decimos mi hijo, mi profesor, mi pueblo, mi hombre, mi mujer, mi nación: el matiz de la prosodia, de la entonación, dice mucho a los que oímos la lengua, no solo la comprendemos.
“Día de las señales” (p. 70) es un maravilloso poema en prosa, erótico, de amor y gozo, donde el poeta celebra a la amada, ”las maravillosas señales de tu existencia: un lunar en la pantorrilla, orejas de duende, ojos de almendra, pelo de ciruela”, y se congratula de que está “hecha con el pan de los pájaros, con el carbón de los cielos, con las flores desconchadas”
La tercera secuencia comienza con el poema “Otro día” (p. 111) y discurre hasta el final del libro. En esta secuencia o tiempo la tensión que domina los poemas es la del amor-celebración frente a la elegía, el sentimiento de dolor y la constatación de la muerte. En lo formal, es curioso que en todos estos poemas, que surgen para completar la creación ya alcanzada al final de la segunda secuencia, aparecen espacios en blanco, grandes, llamativos, entre los versos, en el mismo desarrollo del poema. Parecen silencios largos, cansancios, caídas, pausas de la respiración, pero el lector intuye que son también parte del significado del poema, unos golpes en la establecida cosmología. Entre los poemas de esta última serie magnífica se hace difícil elegir uno. La reflexión sobre la muerte, la elegía al hermano generan versos entrañables. “Día de las derrotas” (p. 106), un poema complejo, constata el fracaso ante la muerte si esta la asumimos como derrota puntual que se lo lleva todo y no la vemos como un compañero de lucha que hemos afrontado en largo historial de victorias unas veces y derrotas otras, vicisitudes, luchas y superaciones que es precisamente el vivir. Si tuviera que elegir un poema, destacaría “Día de la tierra cuadrada”, (p. 112) uno de mis tres favoritos del libro Todos los días, poema que tiene este inefable final
Y yo cada mañana
por la aurora pierdo
la batalla de la aurora.
Este poema escapa a la comprensión lógica, creo, como todo gran poema que es expresión máxima de una emoción que supera al poeta. Tiene un aire clásico, horaciano, como lo tienen muchos poemas del libro, y no puedo evitar acordarme, por él, del célebre “carpe diem” de la Oda 11 del poeta latino Horacio. Mientras hablamos, huye la edad envidiada. Coge el día y no estimes nada del mañana.
“Sé prudente, bebe buen vino y reduce las largas esperanzas
al espacio breve de la existencia. Mientras hablamos,
huye la hora envidiada. Aprovecha el día, no confíes en el mañana” (tr. Germán Salinas. He tomado prestado este fragmento más amplio de la oda horaciana. Aunque yo donde dice hora envidiada, traduciría la edad (aetas) envidiada, o directamente, la juventud. De ahí la derivada al «collige virgo rosas», de Ausonio, Garcilaso, Ronsard y de tantos poetas).
Y Pessoa escribió “coge el día, porque eres él”.
Somos el día, Todos los días, esa sucesión de días y vida y victorias y derrotas.
Eso es, Paco Carreño, lo que yo he visto en tu libro, lo que he encontrado. Y sobre todo, por supuesto, he encontrado a un poeta. Decir poeta es decirlo todo, lo máximo. “Poeta y… » ¡no!. Poeta es lo que Cervantes, Goethe, Nietzsche, García Lorca quisieron ser y por lo que quisieron ser recordados. “Solo soy un poeta”, Blas de Otero) En este oficio, como a veces en la vida, uno avanza quitando y despojándose de esas “Y” adherentes, accidentales.
No es fácil, y todos somos muchas cosas hasta llegar a ser lo que somos. Paco Carreño tiene ya un gran camino avanzando con este libro para ese atributo desnudo de ser poeta.
Aventurando
Voy terminando. Os he invitado a acompañar mi lectura: por un lado a ver la génesis de una cosmología personal en Todos los días y por otro, a seguir cómo ese poemario-mundo se desarrolla a través de lo que he llamado tres secuencias o pulsos. La colección o suite de poemas encierra, como creo haber señalado, una progresión, una serie de secuencias que llevan las tensiones preliminares a una síntesis personal, a encontrar el poeta la palabra propia. Los poemas por mí elegidos como centrales serían “Días de sed”, «Día de las señales” y “Días de la tierra cuadrada”. A estos tres, que representan también, en mi gusto, lo mejor poéticamente del libro, añado otros tres: “Día de todos”, “Día de los brindis”, y “Un día en Colonia”.
No puedo despedirme sin compartir con vosotros mi curiosidad. ¿Qué es lo que ha encontrado Paco Carreño en este libro?
Creo que ha encontrado a sí mismo, sus raíces, su identidad, su pueblo, su gente. Como poeta ha encontrado su justificación, su encaje, la pieza que le completa la vida en ese encuentro o mejor reencuentro emocional con aquellas cosas que le han llegado al alma o, como diría Machado de Soria, acaso ya estaban en el fondo de ella, del alma.
Encontrar es encajar… requiere que lo encontrado (A) encaje con el que encuentra (B). Cada encontrar-encajar es, por tanto, único y distinto según la persona y el modo en que ha vivido todos sus días. No puede encontrar de igual manera una persona que otra. Cada uno encuentra desde su background, su fondo, su carrera vivida (Me gusta este término clásico de carrera de la vida, más que aquel otro). Paco Carreño que ha hecho gran parte de su carrera fuera de su pueblo, Bullas, ha vuelto con este libro para quedarse o, lo que es lo mismo, para que Bullas, incluso si mañana desapareciera, existiera en este libro. Cuidemos a este poeta.
FULGENCIO MARTÍNEZ
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NOTAS (ALGUNOS POEMAS DE TODOS LOS DÍAS, DE PACO CARREÑO, DESTACADOS EN EL COMENTARIO)
(1) UN DÍA DE PESO
La conciencia de los pasos
estriba
en ir alargando la caída
tanto como pueda ser profundo
el pozo
donde las piedras esperan
que alguien
las arroje aún al fondo
lleno
de estrellas deshechas.
(2) UN DÍA ANTES
La noche, funda de tu sombra, esconde
letras de un alfabeto que no termina de aparecer.
Suenan sílabas que rodaron como miembros
de un cuerpo inminente.
Con ojos que no son ojos ni lo serán
bebes palabras sedientas de forma.
(3)
Condenado a unir la muerte con la inesperada ceremonia de inauguración, en la triste fiesta de lo que empieza, ahora que todo se ha convertido en llamada y hasta las preposiciones saben a vocativo, cuando me duelen los pájaros y mi martes de nacimiento detiene las semanas.




