- Premio Ciudad de Valencia
- Fallados los XLI Premios Literarios «Ciutat de Valencia»
- Enlace a la editorial Pre-Textos
- Valencia, 2024
- ISBN: 978-84-10309-01-2
Uno de los méritos de Los impostores de Paco Carreño está en dedicar todo un ensayo ambicioso y sostenido a preguntas que más que una respuesta pretenden acercarnos a la sospecha de que aún es posible cierta verdad. Para esto el poeta, ahora ensayista, nos pide confiar en el lenguaje; en su poder y también en sus limitaciones y dudas. De este modo aterriza el vuelo filosófico, dirigiéndose a lo concreto, a lo teratológico y a lo banal.
Mas Carreño convoca a un heteróclito conjunto de voces y referencias para desarrollar sus argumentos. Así, en su estrategia, resulta decisivo el regreso a las raíces para encontrar el origen del impasse: la confluencia entre Eróstrato (cierta revisión y desmitificación el mundo clásico) y Karl Kraus (la decadencia e instrumentalización de la palabra a través de la prensa).
Martín Rodríguez Gaona
La impostura de la que habla este libro es la que pretende despojar la vida de su representación, la que huye de las palabras que hacen más intensa la presencia y se atiene solamente a los hechos como única forma de verdad desnuda, la que busca reducir el sentido de la existencia a la mera supervivencia y eliminar del horizonte cultural todo lo que nos recuerde que nuestro conocimiento es limitado e incluya lo desconocido como una parte esencial de su experiencia, la de los sujetos que prefieren siempre ser conocidos a conocer.
Ser humano es formar parte de una comunidad, compartir una ficción reveladora con la que poder convivir poderosamente con lo desconocido, con lo que la supera. Si la ficción que sostiene la comunidad se resquebraja, el grupo sustituye necesariamente la ficción por la mentira y la comunidad comenzará a estar fundada en la impostura, pues solo se escapa de la ficción cayendo en la mentira. Al dejar de “creer” en sí misma, ni siquiera en su propia pervivencia, la comunidad es sustituida por una reunión de individualidades que solo quieren saber de sí mismas. Así, el sentido de la pervivencia de la colectividad —la única posibilidad de pervivir del individuo, transmitiendo una lengua, un conocimiento, una forma de percibir, una tradición— queda atrofiado , pues sus integrantes no pueden ir más allá de sí mismos, de modo que las relaciones humanas se complican hasta el punto de que los sujetos que constituyen esa colectividad tienen enormes dificultadas para reconocer a los demás y ser reconocidos por sus semejantes, para mostrar a los demás que son seres únicos y percibirlos como seres únicos. Insisto: cuando una comunidad no cree en sí misma, a través de la ficción, está condenada a sobrevivir en la mentira. Recordemos a Simone Weil: una comunidad no es alguien a no ser por ficción; no tiene existencia a no ser abstracta; hablarle es una operación ficticia.
En un mundo así la indiferencia se apodera de todo. Aun así, los que forman parte de la comunidad siguen necesitando el reconocimiento y buscan experiencias que les permitan disfrutar de la sensación de que no están solos. Para ello en muchas ocasiones necesitan la violencia, la violencia contra sí mismos o contra los demás, así como el recurso al espectáculo entendido como una forma de representación que reniega de la propia representación.
Este libro propone recuperar la palabra (hablar a la comunidad y hablar con los miembros de la comunidad,) dando la espalda en lo posible a los discursos de comunicación unilateral, los discursos que no permiten una respuesta sin acatamiento, que evitan el diálogo y la comprensión, los discursos que han olvidado que la razón no puede ser nunca individual. Y aquí no nos conformamos solo con ir más allá de nosotros mismos, queremos ir más allá de la propia comunidad de los hombres, pues esta es insuficiente para una conciencia que necesita incluir en su práctica lo desconocido, dando la palabra a lo que no habla, no mediante un préstamo, sino compartiendo la conciencia con esa parte del mundo que no la tiene.
—La cuestión es tremendamente interesante. A uno le gustaría, desde luego, percibir un gran murmullo aprobatorio cuando se oye su nombre, estar ahí, más o menos, para no perderse la sensación que, a mi modo de ver, es el placer mismo por antonomasia. La gran ciudad, el gran imperio, el mundo entero, en vilo literalmente, pendiente durante un instante de nuestra persona, conmoviéndose cada vez que se menciona. Una sensación impresionante, ¿no? —sonrió Marshal con gesto implorante—. Y, claro, si se está muerto no se puede disfrutar. Habría que volver a la vida para poder hacerlo.
—Sin duda –reconoció Bight—; pero es eso justo lo que los muertos no pueden hacer. No se puede tener las dos cosas a la vez. La cuestión es —continuó explicando en tono afable— si usted, por la certeza de obtener ese murmullo aprobatorio del que habla, estaría dispuesto a desprenderse de su vida en circunstancias extraordinariamente oscuras.
Este diálogo, perteneciente al relato de Henry James «Los periódicos», entre un periodista y uno de sus clientes atina con uno de los temas más importantes tratados en Los impostores, el tema de la búsqueda de celebridad a cualquier precio, una celebridad que acaba con la persona que celebra, sacrificándolo. ¿Es ese el mecanismo de la prensa, que da la luz a la vez que acaba con la vida?

La República de las Letras
- Desentrañando el balbuceo de lo incomprensible (contra los herederos de Eróstrato)
- Martín Rodríguez-Gaona
- La República de las Letras
- 1 de junio de 2025
https://republicadelasletras.acescritores.com/2025/06/01/desentranando-el-balbuceo-de-lo-incomprensible-contra-los-herederos-de-erostrato/
La Nueva España
- Verdad frente a falacia
- Lauren García
- Revista La Nueva España
- 22 de mayo de 2025
https://www.lne.es/cultura/2025/05/22/frente-falacia-117664527.html
Ignacio Castro
19 de junio de 2024
Sin un ánimo específico de lucro, el diputado brasileño Wallace Souza organizó una serie de crímenes cuyas crónicas televisivas entretuvieron a miles de espectadores. Tal caso, como tantos otros tratados en Los impostores (Paco Carreño, Pre-Textos, 2024), muestra una descomunal e insólita necesidad de reconocimiento. Estas aberrantes formas de hacerse visibles ante los demás surgen cuando las palabras parecen insuficientes para proporcionar la conciencia de tener un lugar en el estruendo del mundo.
La principal carencia actual de las vidas podría residir en una merma en nuestra facultad de hablantes, en la relación que los humanos hemos mantenido siempre con el arduo dédalo del sentido. Bajo un firmamento dominado por la espectacularidad de los hechos, este ensayo es un intento por recuperar el reto ancestral del lenguaje. Y ello en un momento en que los humanos parecen separados por aquello mismo que les vincula, la soltura de la comunicación y la supuesta libertad de sus palabras.
Como el tema central de Los impostores es la aberración identitaria en una sociedad que ha desalojado el coraje del sentido entre seres mortales, Carreño insiste en la decadencia que sufre el habitar en la encrucijada misteriosa del lenguaje. La metástasis del reconocimiento se produce cuando la relación de la palabra con la otredad que nos constituye ha caído en picado. Las vidas están solas porque las palabras han sido expropiadas de su dios menor, un humus común de significado. En suma, cuando los seres humanos han expulsado del lenguaje el rumor de la alteridad. De manera que la aventura en el laberinto de vivir ha de ser sustituida por el espectáculo letal de los hechos catastróficos.
Quizá por su atención a la tensión crucial de las palabras, estamos ante un libro asombrosamente bien escrito. Y cargado además de una información anómala sobre la actualidad que creíamos conocer. Ensayo filosófico exigente, en sus páginas resucitan muchos nombres propios de la literatura, el pensamiento y el arte. Pero lo hacen con una resonancia sorprendente en las cadenas que hoy nos traban. Una de las tesis de fondo de Carreño es que nuestro deseo oscuro de desastre, la búsqueda de permanente estado de excepción que facilite la gobernanza, debe compensar el vacío que late tras el empoderamiento posmoderno. La cuantificación que se ha infiltrado en nuestras vidas despiertas, incluida la manía general por las marcas, refleja una crisis adolescente de la enigmática cualidad real que, sin embargo, todavía mantenían nuestras abuelas. La identidad reconocible pretende suplir la existencia cuando esta decae en su secreto, allí donde lengua y pensamiento, según María Zambrano o Simone Weil, debían tener un mismo cuerpo.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 19 de junio de 2024
Estas son algunas películas o anuncios que pueden ser útiles para entender mejor Los impostores. Muchas de ellas están citadas en el libro.

Periodismo y crimen
Ace in the hole (1951), titulada más adelante como The Big Carnival, de Billy Wilder
Nightcrawler (2014), Dan Gilroy

Encierro y espectáculo
The Truman Show (1998), titulada en España El show de Truman, de Peter Weir

Verdugos sin cabeza
Duel (1971), en España Diablo sobre ruedas, de Steven Spielberg
Figures in a Landscape (1970), de Joseph Losey

Nostalgia de lo salvaje
Grizzly man (2005), de Werner Herzog

Necesidad de reconocimiento
Ich bin Enric Marco (2005) de Santiago Fillol y Lucas Vermal
Marco, (2024), Jon Garaño y Aitor Arregi

Los emboscados
El ángel exterminador (1961), de Luis Buñuel
Stalker (1979) Andrei Tarkovski
Obsesión con la identidad en publicidad
También se recomienda escuchar el XVII Seminario Internacional de Lengua y Periodismo. El lenguaje de las guerras: cómo contar el conflicto, sobre todo la tercera sesión

Cuestiones lingüísticas relacionadas con Los impostores
HERNÁNDEZ SACRISTÁN, Carlos. «Inhibición y lenguaje. A propósito de la afasia y la experiencia del decir»
Madrid: Biblioteca Nueva, 2006, 248 pp.
Pensando en el taller que está a punto de comenzar me encuentro abandonado en la calle, más bien ofrecido sobre el alféizar de una ventana un libro sobre afasia, tema que siempre me ha interesado porque su estudio suele aumentar el enigma de nuestra condición lingüística al detenerse en la fragilidad de la relación entre las palabras y las cosas, entre representación y objeto representado. De hecho, diría que hay la misma relación entre la afasia y el lenguaje que la encontrada entre razón y locura, opuestos que se llenan de recíprocos sentidos. La afasia tiene mucho que decir sobre el origen del lenguaje y sobre el finísimo hilo que ata hasta el enredo las palabras y las cosas.
El autor del trabajo hace hincapié en señalar en el no decir o en el decir más tarde, en esperar para reaccionar, algo estructural en clave lingüística, el fundamento paradójico de nuestro decir, por lo que la capacidad simbólica tendría una relación determinante y decisiva con el silencio. Dado que se puede hablar y se puede no hablar, dando lugar a una opción fundamental entre callar o decir, debemos pensar que es ahí donde tenemos verdaderamente nuestro ser diferencial en el mundo natural. La original distinción del hombre estaría más en la opción de callarnos, es decir, en la inhibición del uso de la palabra, que probablemente fue en su origen una inhibición en otros ámbitos de la conducta humana, que en el simple hecho de ser capaces de hablar.
Esta opcionalidad de principio para el uso simbólico es constitutiva del propio símbolo.
Puedo decir y puedo no decir y esto hace que el ser humano descubra la expectación en sí mismo, que nos dirijamos al mundo a la espera de sí o no, un sí o no que se alarga, se derrama de su ámbito y afecta a todo aquello que puede ser nombrado. La intención y la opcionalidad con la que afrontamos la realidad la proyectamos en las cosas, en los objetos que no tienen aparentemente esa opción, pues están sumidos en el silencio.
Esa capacidad de optar por la palabra o por el silencio, dado que afecta a la intencionalidad, está también en el origen de cualquier ética, basada en la capacidad de hacer y de no hacer: hacer el bien y no hacer el mal.
La importancia de la opción entre hablar o callar radica en que esta posible inhibiciónexige la suspensión de una pauta de conducta genéticamente preestablecida. Para que haya actuación simbólica tiene que haber intención, que está basada en la posibilidad de no hacerlo. Y ese carácter intencional del acto simbólico, el hecho de que algo pueda ser dicho o no, amplía su capacidad de sentido y hace que el significado vaya más allá de la literalidad, instaura la capacidad de rebasar ese sentido. Ese exceso de sentido debe ser entendido como cierto grado de indeterminación en la operación de referencia. El signo se extiende, se desata.
Todo esto genera conductas que escapan al esquema determinista que en principio la naturaleza tendría previsto para nosotros. Esa evolución se vio interrumpida por una extraña desobediencia que bien podría haber sido más bien un despiste, o un exceso de celo en el cumplimiento de los designios naturales. Este sería el primer desafío a la naturaleza, una especie de rabieta triunfal de la que surgió un ser completamente nuevo, diría más, entregado a la novedad. Y esta entrega sería algo constitutivo de su ser que al mismo tiempo lo obliga a no superar nunca su estadio infantil, pues el ser humano, por su facultad para hablar, se mantiene en un carácter larvario similar al de los ajolotes, estos anfibios que viven en las lagunas de los alrededores de la Ciudad de México. Somos semejantes a ellos por compartir una regresión evolutiva. En el caso del ajolote, protagonista del cuento de Cortázar titulado Axotolt, en el que la fascinación por la criatura lleva a uno de nuestros (sus) semejantes a la locura por obsesiva observación de un espécimen en un acuario de París, su evolución se ve alterada porque los individuos alcanzan la madurez sexual sin haber conseguido la madurez biológica, es decir, sin haber pasado la metamorfosis propia de los anfibios, lo que les impide salir del agua.
El ser humano está igualmente instalado en la inmadurez gracias a las palabras, que lo mantienen en un permanente estado de vulnerabilidad natural. Con el fin de entender nuestras peculiaridades lingüísticas habría que abordar el tema fundacional de la Neotenia, de la infantilización del ser humano, consistente en las dificultades que muestra para sobrevivir debido a la extensión en el tiempo del periodo indefenso del individuo, lo que hace que se agudice el carácter social, aportando con ello una ventaja evolutiva frente a otras especies, de modo que la indefensión prolongada se compensa gracias al desarrollo de la dimensión social y lingüística.
Esa lentitud en la madurez, que no se alcanza nunca, en realidad, pues no hay autonomía de los individuos, es clave en la evolución y tiene que ver con cierta lentitud impuesta seguramente por la mediación del lenguaje con las cosas, lo que permite que se amplíen cada vez más las relaciones establecidas. La palabra desdobla el ser de las cosas.
Son las palabras las causantes de ese retraso que abre nuevas y múltiples perspectivas y al mismo tiempo las que hacen que nos adelantemos por otro lado. No solo desarrollamos el lenguaje porque nos retrasamos en la evolución y en la adaptación, sino que nos retrasamos por el propio uso de la palabra. Los niños salvajes abandonan ese enorme rodeo que supone el lenguaje y todo lo que conlleva para coger el atajo vital de los osos, de los lobos, de cualquiera de los animales que decide un buen día adoptarlos.
Cuanto menos salvaje, el ser humano está más infantilizado.
La cultura y el lenguaje juvenilizan al ser humano. No solo se fortalece la sociabilidad del individuo y su capacidad simbólica por la neotenia, sino que esta se ve reforzada por esa misma sociabilidad y capacidad simbólica.
La civilización consistiría en tomarse verdaderamente en serio los juegos, en hacer de todo un juego, como demuestran Caillois y Huizinga. No se trata exactamente de hacer de todo un juego, sino que la propia condición del hombre está basada, precisamente por gozar del don de la representación, en una estructura lúdica
La neotenia, es decir, el hecho de mantenerse toda la vida en ese estado inicial de la evolución tiene relación con lo que a mí me parece el gran tema de la poesía, diría que el único tema del que habla la poesía, la inauguración del mundo, su sentido incoativo, que pone en marcha nuestra capacidad de sorpresa, la entrega de la realidad como algo recién llegado a nuestra percepción, un permanente bautismo. Relación de la libertad con lo nunca visto. No es posible ser libre sin ver las cosas por primera vez, donde nada dominas, donde la incertidumbre gana.
A este respecto recordamos varias voces de Porchia:
Toda verdad parte de lo que no estaba, de lo recién nacido
Cuando lo indecible es nombrado todo se presenta por primera vez
La posibilidad de verdad se relacione necesariamente con lo indeterminado
Otra de las aportaciones clave encontradas en este libro dedicado al estudio de la afasia es la demostración de que el lenguaje no es ese factor de orden y determinación con el que lo relacionamos, sino más bien un factor de indeterminación y de libertad esencial, que abre nuevas perspectivas en la evolución del ser humano, gracias precisamente al no, al carácter inhibitorio, a la potencial negatividad. Esto tiene importante relación con la defensa en el libro de la palabra como agente fundamental en el misterio, en la escucha y en la atención frente al mundo, con lo que no podemos dejar de rebatir el extendido prejuicio de que toda aproximación al misterio del mundo se realiza de espaldas a la palabra. Sería más bien al contrario, el principal acceso a todo el ámbito de lo que nombramos con la metáfora del silencio es en realidad un oxímoron, empezando por nuestra propia manera de negar a la palabra su papel esencial en toda presencia silente.
Según Agamben, “el neoténico infante se encuentra a sí mismo en la condición de también ser capaz de prestar atención a aquello que no está escrito, de prestar atención a las posibilidades somáticas arbitrarias y no codificadas.” No sólo porque en el caso del hombre la palabra sea en el fondo la responsable de su infantilismo, también porque las propias palabras cuentan con un esencial sentido de insatisfacción.


“Tengo en mi mano un documento que rebosa de toda la infamia de esta época y lo rubrica uno que bastaría por sí solo para hacerle un lugar de honor en un estercolero cósmico al puré de divisas que se autodenomina ser humano”.
Estas palabras de Karl Kraus podrían servir mejor que cualesquiera otras como comentario al pie de foto de esa imagen en la que aparecían las tumbas preparadas para albergar los cuerpos de las niñas masacradas por el bombardeo de Israel y Estados Unidos sobre Irán.
Pero leamos el pie de foto que El País ha elegido y pensemos en el significado de “Así luce” y de “fallecidas”. En cuanto al uso del verbo lucir, en cualquiera de las acepciones que la palabra tiene el autor despierta en nosotros la mayor repugnancia. No hay lugar para el brillo, ni para la luz, ni para la exhibición de una masacre semejante.
¿Es esta la objetividad del periodismo? ¿Se puede mantener el sujeto indiferente, objetivo, ante semejante crimen, de más de cien niñas bombardeadas? ¿El periodismo que nos ofrece los hechos pretende insuflar en nosotros esa objetividad con el fin de cauterizar nuestras emociones y hacer que compartamos la indiferencia ante los hechos?
¿Por qué no asume el periodismo la subjetividad, la posibilidad de que los hechos produzcan en nosotros reacciones, emociones, que haya humanidad y no seamos testigos como si fuésemos un objeto? No queremos la mirada de un objeto. Tampoco queremos los comentarios al pie de la foto de un objeto incapaz de sentir cualquier cosa ante una atrocidad semejante, porque solo un objeto podría haber sido capaz de comentar así la preparación de las tumbas. Evidentemente no hay nadie ahí, no hay un sujeto, no hay un corazón ni una cabeza. Simplemente alguien que encima intenta adornar lo que está contando mediante palabras semifiguradas, buscando añadir una pizca miserable de entretenimiento a una noticia tan terrible.
Lo lamentable, además, es que busquen el estilo, que utilicen para las tumbas de unas niñas la palabra lucir, que maquillen el asesinato eligiendo el atenuante adjetivo de fallecidas. En el mejor de los casos podríamos pensar que se trata de un pie de foto encargado a la IA. Si lo hubiese hecho alguien, pensaríamos que estamos ante un mierda más de ese “estercolero cósmico que se autodenomina a sí mismo ser humano”.

He aquí algunos fragmentos de un autor que ha arremetido de modo tan lúcido como implacable contra la prensa.
Kierkegaard sufrió personalmente la saña de algún medio que lo había declarado enemigo. Podemos encontrar el relato de esa relación con el medio que lo persiguió en un artículo de Patrick Stokes. También es interesante el análisis de John P. Haman en su “Kierkegaard, Lippmann, and the Phantom Public in a Digital Age”
A continuación, podemos leer algunos de sus comentarios recogidos en su Diario íntimo sobre los periodistas, de los que decía, entre otras cosas, que “si Cristo viniera ahora a la tierra, tan seguro como que vivo, no atacaría a los sumos sacerdotes y similares; centraría su atención en los periodistas.”
La prensa diaria es el principio maligno del mundo moderno, y el tiempo sólo servirá para revelar este hecho con mayor y mayor claridad. La capacidad de degeneración del periódico no tiene límites, ya que siempre puede caer más y más bajo en la elección de sus lectores. Al final despertará a toda esa escoria de la humanidad que ningún estado o gobierno puede controlar.
La profundidad más baja a la que la gente puede hundirse ante Dios está definida por la palabra ‘periodista’. Si yo fuera padre y tuviera una hija seducida, no la desesperaría. Esperaría su salvación. Pero si tuviera un hijo que se hiciera periodista y siguiera siéndolo durante cinco años, a él sí que lo abandonaría.
¡Qué inepcia! No, es la forma total de tal información en su esencia misma lo falso. En la antigüedad se halagaba a la turba de una manera puramente material por medio del dinero y panem et circenses…; pero la prensa ha adulado espiritualmente a la clase media. Tenemos necesidad del silencio pitagórico. Para la sociedad son más necesarias las leyes prohibicionistas contra los diarios que contra las bebidas alcohólicas. Lo ridículo está en que el periódico Faedrelandet pretenda ser aristocrático y ser al mismo tiempo un periódico. No, si los editores quieren ser aristocráticos, deben suprimir los diarios. Ser aristocrático en medio de los periodistas es como ser aristocrático entre truhanes.
Los libros son leídos por unos pocos, los periódicos por todos… Como si a bordo de una nave hubiese un solo megáfono del cual se habría apoderado el peón de cocina con el consentimiento general. Entonces, todo lo que el peón de cocina tendría que decir: (“pon manteca a las espinacas” y “hoy hace buen tiempo”; “quién sabe si algo no anda mal por allí”) sería comunicado por el megáfono; en tanto que el capitán debe dar sus órdenes a viva voz, pues lo que el capitán tenga que decir no es tan importante. ¡Al final, el capitán habrá de solicitar la ayuda del peón de cocina para lograr que le oigan, suponiendo que aquél se digne transmitir sus órdenes, las cuales al pasar a través del peón de cocina y de su megáfono serán completamente alteradas; en vano alzará su pobre voz el capitán, el otro con su megáfono le llevará ventaja. Al final, el peón de cocina, porque posee el megáfono, se apodera del comando de la nave. ¡Pre Diis inmortalibus!
Mi existencia era la expresión de un principio griego y ahora se ha estropeado. ¿Qué es lo que lo ha estropeado? ¡El abuso de la prensa! Su destino es destruir la personalidad; por su intermedio un insignificante bellaco puede escribir desde la sombra saciando la curiosidad de millares de lectores.
Los libros, preferentemente los densos, podrían tolerarse, porque debido a su misma extensión no tienen relación alguna con “el memento”. Generalmente el mal de los periódicos se debe al hecho de que estén fabricados a propósito para inflar y volver a la situación mundial cien mil veces más importante. Pero toda educación moral consiste precisamente y sobre todo, en despojar a los hombres de la sugestión de lo momentáneo.
Por cierto, que yo no alcanzaré a verlo, pero estoy seguro de que esto ha de llegar. Así como China se detuvo en un momento dado de su desarrollo, así se detendrá Europa en lo relativo a la prensa; permanecerá detenida como un “memento”, y lamentará que el género humano haya realizado un descubrimiento que termina por embaucarlo.
La desgracia fundamental del mundo es ese maldito “docere”, y el hecho de que el progreso de los descubrimientos ponga a los docentes en situación de impartir una enseñanza cada vez más impersonal. Ya uno no encuentra hombres, ni pensadores, ni amantes, etc. Por culpa de la prensa la humanidad se ve envuelta en una atmósfera de pensamientos, de sentimientos y de impresiones; y también de resoluciones y propósitos que a nadie pueden ser atribuidos, que pertenecen a todos y al mismo tiempo no son de ninguno.
¿Contribuye el periodismo actualmente a hacer mejor el mundo? ¿Cómo lo hace? ¿Hay una deontología periodística más allá del propósito de ser fieles a los hechos? Imaginemos que vivimos en el infierno y que debemos dar testimonio. ¿Hay alguna posibilidad de apagar el fuego en esas circunstancias o más bien el periodismo lo que hace es fomentar la aceptación de los hechos, es decir, la aceptación de la estructura y la organización del infierno? ¿No está actualmente el periodismo echando más leña al fuego?
Cuando decimos que el periodismo es un pilar fundamental en el que se sostiene la democracia debemos pensar primero a qué llamamos actualmente democracia. Si con esa palabra lo que queremos decir es que fomentamos el enfrentamiento, la radicalidad de las posturas y el escándalo, que acogemos sobre todo aquello que más pueda llamar la atención y descartamos todo lo que pueda contribuir a la concordia, entonces sí, el periodismo es un pilar fundamental de la democracia.
¿Es el periodismo una forma de diálogo o es más bien un monólogo en el que solo es posible la comunicación unilateral? Razones para pensar una cosa u otra.
¿Hasta qué punto debemos opinar todos de todo y tener una opinión sobre todo lo que se plantea en los medios?
¿Qué lugar tiene la verdad en los medios, en las noticias y en su relato? ¿Se concentra solo en la verdad de los hechos?
¿Es compatible la verdad con la opinión?
¿Qué es una noticia? ¿Cómo se deciden los criterios para saber que algo es relevante? ¿Cómo saben los medios lo que es relevante o no? ¿No puede haber ya algo de verdad en la propia selección de las noticias?
¿Cómo es el día normal de un reportero? ¿Cómo es el proceso de selección, tratamiento, desarrollo y decisión del final de una noticia?
¿Puede haber contribuido algún medio a desencadenar una guerra? ¿Han tratado los medios de evitar en algún momento la guerra de Ucrania o el genocidio de Gaza?
¿Crees que la posible necesidad profesional de informar de los periodistas puede contagiarse a los consumidores de esa información? ¿No son las redes una consecuencia de ello? ¿Hay alguna relación entre la proliferación de las redes y el ejemplo del propio periodismo?
Por cierto, ¿llamarías consumidores a los lectores de un periódico o de un medio cualquiera?
¿No crees que a través de la información nos consumimos nosotros mismos y hemos convertido hechos insignificantes en productos? ¿No lo aprovechamos todo de todos nosotros, como en una gran matanza del cochino?
¿Cómo ha afectado el narcisismo exhibicionista promovido por las redes al periodismo? ¿Crees que puede haber sufrido algún tipo de influencia?
¿Cuál es la política lingüística de un medio? Me refiero a la elección de unas palabras u otras, si hay que utilizar determinadas expresiones para referirse a temas concretos o se vetan otras. ¿Cómo se transmiten, si las hay, esas directrices? ¿Es el propio periodista el que intuye cómo debe contar las cosas al fijarse en otros colegas o al recibir la información desde las agencias? ¿En algún momento se plantea con seriedad que las palabras tienen una propiedad por su significado que puede atentar contra la verdad? Por ejemplo, ¿se puede hablar de genocidio contra los palestinos? O, por buscar algo menos polémico, ¿en algún momento se le ha dado vueltas al posible uso de antisemita aplicado a los propios israelíes que tratan de eliminar a otro pueblo semita? Lo digo porque la RAE define así semita: “Que pertenece a alguno de los pueblos que integran la familia formada por los árabes, los hebreos y otros”. Lo mismo podríamos decir de la palabra americano referida solo a los habitantes de uno de los países de aquel continente, curiosamente el más poderoso. Sería parecido a llamar madrileños solo a los del barrio de Salamanca. Los demás serían de Arganzuela, de Sol, de Lavapiés.
¿Crees que es lo suficientemente consciente el periodismo en general de que las palabras son el instrumento principal de la práctica profesional? Si los arquitectos o los artistas tienen en cuenta los materiales y las técnicas con las que trabajan, ¿no podríamos exigir a los periodistas, en caso de que quisiésemos que dijesen la verdad, que tuviesen en cuenta las peculiaridades de sus instrumentos? Yo explicaría ese descuido por la razón de que está bastante admitido que un periodista no tiene como material las palabras, sino los hechos, como si estos hechos se contasen solos. No es lo mismo justificar un crimen como una venganza que plantearlo como un acto gratuito y cruel. Se desencadenan reacciones completamente diferentes.
Yo estoy convencido de que las palabras crean el mundo, lo modifican, intervienen constantemente sobre él, alterándolo todos los días, a todas horas. Por eso considero esencial participar con la responsabilidad en lo que uno dice y no pensar que los únicos responsables son los hechos. Es esa irresponsabilidad la que me preocupa, porque nadie puede pedir cuentas de si las cosas se han contado de una manera o de otra, en un momento o en otro. Y yo creo que últimamente se utiliza el qué, el cuándo y el cómo para tratar de estirar los acontecimientos y provocar todas las reacciones posibles, fomentando la hostilidad a todos los niveles, en todos los ámbitos, incluso los más íntimos, buscando la discrepancia, alejando al máximo la posibilidad de los acuerdos, algo, en principio, chocante con la defensa de la democracia, bajo la que conviene que no nos matemos ni nos odiemos demasiado. Si los periódicos tuviesen que ser sinceros en los planteamientos de sus principios tendrían que decir, en primer lugar, aparte de si responden a creencias católicas, laicas o de otra especie, que eligen las noticias en función de las audiencias. Y a partir de ahí, seguir confesando.
Tras leer el texto de Agamben, sobre todo cuando habla de “la brutal mentira de los hechos que los hombres construyen para esclavizar a sus semejantes” y esta cita de Ortega en la que dice que “el culto al hecho es una idolatría, un formalismo como otro cualquiera”, es decir, pura retórica, por lo que yo interpreto, ¿cómo podemos seguir defendiendo la “importancia incuestionable” de los hechos y su identificación con la verdad?
Hace poco se celebró un seminario de lengua y periodismo. Me gustaría conocer tu opinión sobre las intervenciones de Calaz y de Sevilla. También la de la directora de informativos de RTVE.
En el artículo de Mishra se insinúa que el pensamiento de Kraus sobre el periodismo no está tan lejos de la realidad. ¿Coincides en algo con el autor?
Una última pregunta, la que más me interesa, que quizá no tenga relación con lo que venimos hablando, o quizá sea esencial. En el poema siguiente de Li Bai, quizá el borracho más célebre de la historia de la humanidad, se habla de la tristeza de mil años. ¿Podrías decirme que podría ser para ti esta tristeza? ¿Cómo la interpretas?
Confesiones de un borracho
¡Ven, mozo,
y trae al momento
mi corcel tordo
y mi abrigo ornado con cien piezas de oro!
Los trueco por vinos deliciosos
que vierto en vuestros vasos
para disipar juntos las tristezas de mil años.

Palabras, ¡palabras!, ¿palabras?
El que habla no sabe, el que sabe calla
Aprendí esta enseñanza del santo Lao.
Si, como dicen, era de los que saben,
¿por qué lo expresó en cinco mil caracteres?
Bao Juyi
Este cuarteto chino ya ironiza sobre el antiguo desprecio hacia las palabras, hacia su insuficiencia, y se mofa de los que rechazan las palabras para alcanzar la verdad cuando utilizan esas mismas palabras para transmitir su conocimiento. Un ejemplo: Tao te King, de Lao Tse, donde podemos encontrar este tipo de afirmaciones:
Por eso, el sabio adopta la actitud de no-obrar y practica sin palabras.
Enseñanza sin palabras. Eficacia en la no-acción.
También en La Ilíada encontramos ya cierto desprecio hacia aquellos que se reafirman en los hechos como si estuviesen descubriendo algo verdaderamente interesante, más allá del puro chisme:
Un necio comprende lo ya hecho, lo inteligente es preverlo.
El problema del reconocimiento.
¿Hay que ser alguien? ¿Cómo serlo? ¿Qué clase de ser es Eróstrato? Es ahí donde viene el concepto de impostor, condición en la que todos podemos caer. ¿Hay formas de ser uno mismo verdaderas y otras falsas? La vida es un permanente esfuerzo por mantener una imagen ante los demás y ante nosotros mismos. Por lo tanto, necesitamos a los demás. El rey necesita ser reconocido, pero también lo necesita el mendigo para poder comer. Si alguien decide que otro no es un mendigo dejará de sentir piedad y de proporcionarle las monedas con las que se mantiene. De alguna manera nuestro ser procede del exterior, del reconocimiento. La locura es el trastorno insano de esa relación con el exterior, o la conciencia insoportable de esa dependencia. ¿Se puede ser nadie? ¿Es esa la santidad? ¿Todo lo que hacemos lo hacemos para ser reconocidos, empezando por el testigo que todos llevamos dentro? ¿Hay alguna otra forma de reconocimiento que no sea social? ¿Es la indiferencia la que obliga a que mucha gente tome atajos para ser reconocidos?
Una colección de tipejos
Siempre he pensado que hay frases, objetos o personas que permanecen a nuestro lado, rondando en compañía de nuestra soledad, preparados para saltar sobre nuestra conciencia en el momento en que nos relajemos, nos entusiasmemos o nos aburramos lo suficiente. Entonces, aprovechando la bajada de guardia, esos compañeros de lealtad inconsciente, nos entregan un secreto que se había mantenido herméticamente alejado de nosotros, aunque no había dejado nunca de enviar enigmáticas muestras de revelación, un insaciable deseo de ser entendidos.
También he notado, a lo largo de los años, una obsesiva tendencia a interrogar lo que no tiene sentido, lo que no se puede defender con una lógica más o menos flagrante. Seducido por el balbuceo de lo incomprensible, me he mantenido durante horas atento a las claves de un extraño significado, intentando desencriptar, como en alguna novela de Julio Verne o en algún cuento de Poe, un mensaje de vital importancia.
Pero lo que verdaderamente me ha empujado a escribir este libro ha sido sin duda una especie de arrebato ideológicamente celestinesco. Él es el causante de los matrimonios sin conveniencia encontrados en las páginas que siguen. En él no se encontrarán tanto relaciones de causa y efecto como de consecuencia. Y aunque parezcan lo mismo no tienen nada que ver. Las primeras sirven para explicar; las segundas, para actuar. Y una consecuencia no es en absoluto la inversión de una causa.
Hay fenómenos que se repiten, apuntando todos en la misma dirección, como las cimas de los montes sucesivos que se levantan en una misma llamada. Por mucho que miremos hacia otro lado, tarde o temprano volvemos a verlos todos erguidos en un solo sentido. Y eso es lo que a mí me ha ocurrido al fijarme en ciertas personas de conducta familiar. De repente, descubres que actúan en diferentes lugares y circunstancias históricas movidas por un drama muy parecido, como si en el fondo de sus trayectorias estuviesen escritas unas pautas irresistibles.
No me he fijado en comportamientos más o menos previsibles. No dudo de que el amor o el odio puedan convertirse en recursos inagotables de interpretación. Pero me ha llamado la atención la relación de algunas personas con lo imposible o, directamente, con la impotencia. También he visto que la ficción un buen día puede convertirse en realidad mediante el escrupuloso cumplimiento de un papel que aumenta a los ojos de algunos individuos el índice de realidad de sus vidas.
Durante algún tiempo he acumulado historias que tenían algunos rasgos en común. Casi todas están sacadas de la prensa. Aparecen en los medios con la ingenuidad de quien no ha roto un plato nunca, como si no fuesen vidas fabricadas por la mente sin cuerpo del periodismo. Con ese halo de objetividad que disfraza la insaciable búsqueda de sí mismo del sujeto, los personajes creen reconocerse también al otro lado, en los paisajes turbios que se dibujan a través de la transparencia periodística. Encantados de verse formar parte en la gran familia del mundo, con papeles magnificados por el reflejo, un buen día deciden integrarse en aventuras que nunca han vivido. El protagonismo llena sus existencias con un sentido prestado.
Todas estas biografías que he ido coleccionando forman parte de un libro de cromos desechado. Sus rostros son los de la impostura. Se han hecho pasar por seres relevantes. Estaban condenados a que sus rostros fuesen arrancados del libro del conocimiento por los coleccionistas de celebridades. Pero yo los mantengo en mi particular álbum. De vez en cuando lo abro y me hago preguntas como estas:
¿Por qué Eróstrato quemó el templo de Diana en Éfeso? ¿Por qué Mark Chapman mató a John Lennon? ¿Por qué Enric Marco se hizo pasar durante tantos años por un deportado y presidió la asociación española Amical de Mauthausen como una víctima más de los campos de concentración nazis? ¿Por qué Alicia Esteve Head fingió haber estado en las Torres Gemelas durante el atentado del 11-S, llegando a ser presidenta de su Asociación de Supervivientes? ¿Por qué la familia Heene mantuvo a los periodistas de Estados Unidos en vilo, convencidos de que su hijo menor era el único tripulante de un globo de helio que iba a la deriva por el cielo de Colorado? ¿Por qué el joven suizo Thomas dejó filmar a una amiga el proceso de su suicidio, que luego se convertiría en el documental Tabú? ¿Por qué tantos asesinos en serie graban un testamento videográfico? ¿Por qué unos chavales granadinos quemaron una casa y grabaron a continuación los apuros de sus habitantes? ¿Por qué hay gente que filma la amputación de uno de sus miembros y lo cuelga en Internet? ¿Por qué tantos seres anónimos se encierran durante semanas y meses en una casa llena de cámaras y entregan hasta los últimos secretos de su intimidad a la vista y el comentario de todo el mundo? ¿Por qué el diputado brasileño Wallace Souza organizó una serie de crímenes con cuyas crónicas televisivas entretenía a miles de espectadores?
Ver y ser
Tal como yo lo planteo, parece que hay una enorme necesidad de ser visto. Hay al mismo tiempo grandes dificultades para ver y para ser vistos. Por un lado, tenemos muchas ganas de ser vistos, pero pocas ganas de ver (mirar el mundo y mirar a los demás). Por esa razón podríamos decir que hay una devaluación, un deterioro, de nuestra parte activa, creativa. Además, estamos convencidos de que podemos prescindir de las palabras para ese intercambio de miradas.
Aquí conviene recordar que el acto de ver ni es tan natural como tendemos a pensar. La percepción en el ser humano tiene que ver miles de años de civilización. Naturalidad es el colmo de la sofisticación y es fruto de siglos de cultura, entre otras cosas de la poesía, a través del cultivo de los sentidos. También es fruto del arte y de la tecnología: la pintura, el teatro, el cine y la fotografía nos enseñan a mirar. De esos modos aprendemos a ver y a dejarnos ver, a sentirnos reconocidos, entre otras cosas, por las cosas mudas, estableciendo un mundo de correspondencias, personificaciones. Su ausencia hace que se abandonen las enseñanzas que permiten considerar el entorno próximo como propio
El problema de reconocimiento ya es en sí un problema filosófico del ser. Las personas que en el libro padecen un exagerado deseo de reconocimiento demuestran de modo dramático que ser es ser visto. Esto es cierto: nos dan el ser los que nos ven, los que nos miran, los que nos tienen en cuenta. Damos ser a otros seres y otras cosas al mirarlas. Por lo tanto, somos una fuente de ser. Tenemos un poder ontológico. Por otro lado, nosotros mismos necesitamos ser vistos, recibir igualmente el ser. En otras tradiciones no solo encontrábamos el ser a través de los semejantes, sino a través de otros seres invisibles o de elementos de la realidad que no siempre tienen ojos (cosas, viento, animales). Para percibir y ser percibidos por esos otros que no tienen ojos son fundamentales las palabras.
Un ejemplo de esto último: a un indígena yucateco de cierta edad le preguntaron por qué no había aprendido español en todos los años de su vida. Él respondió que no lo había hecho porque en la lengua mayoritaria de México no habría sabido hablar con las montañas, algo muy importante para él que solo podía hacer en la lengua maya.
Otro ejemplo de confianza en la palabra muy distinto, pero igualmente significativo, sacado de las cartas de Apollinaire a Lou desde el frente de la guerra. Tras contarle que acaba de leer una magnífica página escrita en francés, de literatura bélica, probablemente de uno de sus superiores en el ejército, el poeta nos dice: “Desde el momento en el que se puede todavía escribir tan bien el francés, todo va bien, pues las cosas se responden y van juntas en todos los órdenes donde pueden nacer”.
De alguna manera las palabras soportan el mundo, lo mantienen de pie, lo salvan.
Toda nuestra crisis de la presencia, de ver, de reconocimiento coincide con el cuestionamiento de las palabras como depositarias de la verdad, algo que afecta a la propia ciencia del lenguaje, que otorga a la realidad toda la capacidad de significar, y al periodismo, que ancla nuestras vivencias en una actualidad que suele prescindir de nosotros, salvo que seamos asesinos, ricos, políticos, o víctimas de una guerra o una catástrofe natural. Ese atiborramiento de realidad impide seriamente la intervención de la imaginación en nuestra percepción del mundo, nos empuja a dejar detener en cuenta lo que no vemos, lo que no está aquí y ahora, lo que no es yo. Todo eso que podemos considerar imaginario quizá vaya más allá de su papel secundario como bufón de segunda clase. El acto de imaginar quizá sea más fiel de lo que creemos al mecanismo de la realidad.
El símbolo hace presente lo que está ausente, incluso lo que no existe. Leamos a Agamben en su texto Sulle cose che ci-non-sono aparecido en Quodlibet.
Comienza citando a la escritora italiana Cristina Campo: «¿qué otra cosa existe realmente en este mundo sino lo que no es de este mundo?»
Y sigue él mismo:
Algo puede ser verdadero sin existir en el mundo. Es decir, que hay cosas que de alguna manera existen pero que no pueden ser objeto de un juicio jurídico sobre la verdad o no verdad de los hechos
Es bueno reflexionar con especial cautela, precisamente hoy, cuando la necesidad de la verdad parece haber sido borrada por el mundo, sobre el estatuto particular de las cosas que, aunque no sean de este mundo, nos son verdaderamente queridas y guían nuestro pensamiento y nuestra acción en este mundo.
A quienes hoy intentan por todos los medios atarnos a una supuesta realidad fáctica que no admite alternativas, hay que oponer ante todo el pensamiento, es decir, la visión clara y perentoria de las cosas que hay. Sólo a aquellos que, sin hacerse ilusiones, saben que su reino no es de este mundo, pero que sin embargo está aquí y ahora de manera irrevocablemente presente, se les da la esperanza, que no es otra cosa que la capacidad de refutar la brutal mentira de los hechos que los hombres construyen para esclavizar a sus semejantes.



















