Historia de la luna

La exposición virtual que a continuación se ofrece recoge la historia de una aproximación a lo desconocido. Es la cara visible de la escalada del hombre hasta la luna. A través de estas imágenes podemos ver la atracción que siempre ha ejercido el satélite sobre nuestra atención. Tal como está planteada es como un lento y largo zoom de varios siglos.

Este trabajo debe mucho, sobre todo, a la lectura de un libro de Ewen A. Whitaker, esencial para conocer esa historia: Mapping and naming the moon. A history of lunar cartography and nomenclature.

Algunas imágenes pertenecen a la colección privada del autor; otras, a las instituciones, públicas y privadas que se nombran más abajo. Por su generosa cortesía podemos ofrecerlas.

  • Linda Hall Library of Science, Engineering & Technology, Kansas City, Estados Unidos
  • Biblioteca y Archivo del Real Instituto del Observatorio de la Armada, San Fernando (Cádiz)
  • Smithsonian Libraries, Washington, Estados Unidos
  • Instituto Astronómico Estatal Shtérnberg, Moscú, Rusia
  • NASA (National Aeronautics and Space Administration)

Un mapa de la luna es siempre, además de un icono, es decir, una imitación del objeto representado, un símbolo, pues mantiene una extrañeza radical con el objeto figurado. Es la misma relación que guardan las palabras con sus significados: entre ellas hay la mayoría de las veces un vínculo arbitrario. ¿En qué se parecen las palabras luna, Mond, lune, moon, lua, měsic a nuestro satélite? La mímesis de un objeto tan poderoso desafía continuamente su sometimiento a una imagen definitiva, muestra a las claras, en la representación que de ella hacemos, su extrañeza, su cara oculta. Esto es más que nunca así porque el objeto que se representa ya es en sí un símbolo, infinitamente cargado de significados, con una potencia mítica que quizá no tenga ninguna otra realidad a nuestro alrededor. Es para nosotros la perfecta figuración del misterio, de la luz y las sombras, de la aparición y de la desaparición, de la proximidad y la lejanía, del poder y del abandono. Por ese motivo, lo verdaderamente fascinante de la luna es el intento de ser lo más fiel posible a la realidad en su reproducción, ese esfuerzo por querer estar cada vez más cerca de ella, por convertir en algo familiar su profunda e inviolable singularidad.

Pero el hombre no se ha conformado con representarla solo mediante dibujos, ha procurado dar nombre a cada uno de sus rasgos, bautizar hasta el último de sus montes, de sus fallas y de sus pequeños cráteres con palabras que estableciesen una forma de comunidad con ella. El procedimiento es similar a la bendición de las peligrosas galerías de las minas. Las palabras son en ese territorio de lo desconocido pequeñas lámparas que nos proporcionan un poco de luz y calor con los que acompañar nuestra insaciable curiosidad. Al nombrar los rasgos de su relieve en muchas ocasiones se han utilizado palabras abstractas (fertilidad, tranquilidad, crisis), incrementando así el carácter simbólico de cada una de sus partes. Por analogía se han clasificado sus accidentes con las denominaciones del relieve terráqueo (mares, océanos, cabos, golfos, cráteres, montes). Cuando se ha demostrado que no había ni rastro de agua sobre la superficie de la luna los selenógrafos han mantenido los topónimos de referencias acuáticas. Los nombres de la Luna guardan una relación obcecadamente misteriosa con los accidentes que denominan. El Mare Serenitatis se parece a un mar, pero no hay nada más alejado del concepto de mar y de la serenidad que esa llanura inquietante.

Quizás la luna sea el objeto más representado en la historia reciente de la humanidad. Desde los primeros mapas levantados por Leonardo se han incrementado progresivamente las representaciones. Conforme se iban perfeccionando los aparatos de observación a largo alcance se iban incluyendo más y más detalles en su conocimiento. Nuestra relación con la luna está solo parcialmente determinada por la evolución del hombre. No solo la transformación tecnológica del mundo ha modificado nuestra visión del satélite, la propia tecnología ha evolucionado en parte condicionada por la curiosidad sentida. Desde los arcos esquemáticos y simbólicos de las tumbas prehistóricas de Knowth, del poblado de Meath, descubiertas por Philip Stooke, donde ya aparecen el Mare Humorun y el Mare Crisium, hasta los últimos mapas fotográficos hay, sin embargo, una continuidad y una comunidad en la atracción, sea científica o poética, que todos los hombres sienten por ese objeto tan extraño y familiar. Este trabajo tiene como objetivo mostrar la luna real, esa que según Victor Hugo está entre la luna algebraica de los sabios y la luna metafórica de los poetas.

Sé que la luna o la palabra luna

es una letra que fue creada para

la compleja escritura de esa rara

cosa que somos, numerosa y una.

Es uno de los símbolos que al hombre

da el hado o el azar para que un día

de exaltación gloriosa o agonía

pueda escribir su verdadero nombre.

Jorge Luis Borges

REFLEJOS LUNA CABO DE PALOS

©fotografías Paco Carreño

INTRODUCCIÓN A LA PROPUESTA DE UN CENTRO DE INTERPRETACIÓN DEDICADO A LA LUNA EN EL FARO DE CABO DE PALOS

El faro de Cabo de Palos fue inaugurado en 1865, tras una larga sucesión histórica de torres de vigilancia y control marítimo iniciada en época de Felipe II, cuando el rey encargó al ingeniero Giambattista Antonelli el proyecto de defensa de todo el litoral del reino de Murcia.

Está situado sobre la parte más elevada del promontorio del cabo y desde él hay una privilegiada vista de la salida del sol y de la Luna durante todo el año.

Cuenta con una torre cilíndrica de 50 m de altura, que emerge de un edificio cuadrangular de dos plantas, destinado a viviendas y escuela de fareros. Se trata de un faro de primer orden al que el autor del proyecto, Leonardo de Tejada, quiso dotar de un carácter monumental.

Actualmente, desde finales del siglo XX, se ha convertido en el inmueble más representativo de la zona, impreso en muchos objetos adquiridos como recuerdos por los visitantes al pueblo de Cabo de Palos.

Desde hace algunos años, debido al final de su uso como vivienda para fareros por efecto de la automatización del sistema de faros español, se han pensado y propuesto diferentes alternativas para el edificio. Sea cual sea el destino que se le dé a la parte dedicada a las viviendas y la escuela de fareros, su función como faro se mantendrá y habrá de convivir con la nueva función.

La mayoría de las asociaciones de vecinos del lugar están tratando de buscar para el faro un destino cultural, preferido en general a un uso hostelero. Esto es debido a dos principales objetivos: preservar su monumentalidad y evitar la creación de un restaurante o un hotel, porque en Cabo de Palos la oferta de hostelería es ya muy amplia. La intención de los que optan por el uso cultural es la de conseguir un turismo sostenible con el fin de fomentar el interés cultural del lugar para tratar de compensar el desequilibro provocado por la desproporcionada oferta gastronómica y hotelera.

El autor del proyecto es vecino de Cabo de Palos y conoce bien el lugar. Casualmente se encontraba realizando un trabajo de investigación sobre la historia de la cartografía lunar en el momento en el que se empezó a pensar qué destino se le podría dar al faro de Cabo de Palos una vez que se hubiesen marchado los fareros. Esto lo ha animado a proponer la creación de una exposición permanente dedicada a la historia de los mapas de la Luna ubicada en este edificio tan emblemático.

Propuesta para hacer un centro de interpretación de la Luna en el faro de Cabo de Palos

Paco Carreño

Por qué hacer un centro de interpretación de la Luna

Hasta el momento no se ha dedicado a la Luna un museo completo de estas características.

            El tema es lo suficientemente sugestivo como para atraer a un público muy heterogéneo en cuanto a gustos, formación e intereses.

            La afluencia de visitantes serviría para consolidar el interés turístico de la zona, que ampliaría así su oferta cultural con una atractiva exposición de piezas sorprendentes.

            Sus posibilidades multidisciplinares favorecen el desarrollo de actividades relacionadas con muy diversos ámbitos culturales y científicos, propiciando así una reanimación cultural del municipio. El enfoque transversal hace que se traten aspectos de las siguientes disciplinas: historia, astronomía, cartografía, geología, óptica, fotografía, literatura, arte.

Por qué hacer un centro de interpretación de la Luna en el faro de Cabo de Palos

Se daría unuso cultural y turístico al edificio y los alrededores, que podrían ajardinarse y decorarse con réplicas de las diferentes naves que han llegado a la Luna.

            En el emplazamiento actual del faro hubo un templo dedicado al dios fenicio de la fertilidad Baal Hammón, equivalente al Cronos griego, cuya compañera de culto era la diosa de la Luna, Tanit, lo que hace bastante probable que en el lugar se celebrasen ritos relacionados con alguna forma de adoración al satélite.   

            La ciudad de Cartagena vería así completada su red de museos y ofrecería la posibilidad de ampliar la oferta cultural con este centro dedicado al estudio de la observación del cielo, históricamente relacionada con la navegación. Desde un punto de vista cultural, podríamos decir que Cartagena mira al mar a través del Museo Naval y del Museo Nacional de Arqueología Subacuática, y Cabo de Palos, gracias al Centro de Interpretación de la Luna, mira al cielo

            La ubicación geográfica en la península del cabo facilita la observación de la Luna durante su completo desplazamiento por el cielo, desde el orto hasta el ocaso.

Qué tipo de piezas se expondrían

Dependiendo de las posibilidades se podría hacer un museo en el que hubiese reproducciones y piezas originales. Estas últimas, al tratarse principalmente de obra impresa (libros, mapas, grabados y fotografías) podrían adquirirse poco a poco, hasta hacer del lugar un centro de referencia en el estudio de la Luna y conservación de la documentación dedicada a su estudio, sin que eso supusiese una gran inversión.

            En cualquier caso, independientemente de que se expusiesen los originales, sería conveniente mostrar gran parte de la piezas mediante reproducciones con los detalles ampliados. Esto permitiría hacer más atractivas ciertas piezas y contribuiría al carácter espectacular e interactivo que se pretende dar al objeto estudiado, haciéndolo más interesante.

De qué se hablaría

El tema tratado sería la representación de la Luna a lo largo de la historia de la humanidad, desde el Neolítico hasta nuestros días. Aunque el grueso del contenido versaría sobre las representaciones de carácter científico, no se descartan en el discurso conceptual del museo otras representaciones de carácter artístico.

            Quizás sea el objeto más veces imaginado y observado por la humanidad. La transformación tecnológica del mundo ha modificado nuestra visión del satélite, pero desde los arcos esquemáticos y simbólicos de las tumbas prehistóricas de Knowth, del poblado de Meath, donde ya aparecen el Mare Humorum y el Mare Crisium, hasta los últimos mapas fotográficos, hay una misma atracción, sea científica o poética, por ese objeto tan extraño y familiar a un tiempo.

Cuál sería la estructura del discurso museográfico

            En la propuesta presentada organizamos el discurso en temas relacionados con el estudio y la observación de la Luna con el fin de hacerlo más ameno y ampliar los puntos de interés científico, cultural y artístico.

            Lo hemos dividido en salas con el fin de adaptarnos a un hipotético espacio. Estas salas se corresponden con una organización temática. Dentro de cada una de las salas la distribución de las piezas seguiría un criterio cronológico.

Unidades Expositivas

SALA 1. EL OJO EN EL CIELO

Descripción primitiva de la Luna. Primeras representaciones y analogías con animales o personas. Importancia mítica del objeto celeste.

            En esta sala se muestra el vínculo ancestral de Cabo de Palos con la Luna. En el emplazamiento actual del faro hubo un templo dedicado al dios fenicio de la fertilidad Baal Hammón, cuya compañera de culto era la diosa de la Luna, Tanit. Es bastante probable que en el lugar se celebrasen ritos relacionados con alguna forma de adoración al satélite.   

            La Luna es la primera pantalla de la humanidad.  En ella se destacan los objetos que se cruzan: pájaros, barcos, nubes, personas. Es también el gran ojo al que se puede mantener la mirada en el cielo, analogía que ha pervivido desde los tiempos primitivos hasta la actualidad.

            A modo de introducción histórica se recogen en esta sección restos de las más antiguas observaciones que se han hecho en el Neolítico y los primeros esfuerzos de la humanidad por representarla mediante figuras reconocibles. Se trata de descripciones rudimentarias y esquemáticas. En ellas la imagen mítica se confunde con el objeto real.

            Tenemos aquí una primera aproximación a un objeto celeste determinante para la vida humana que desde los primeros tiempos ha llamado la atención y ha sido estudiado y contemplado por todas las civilizaciones. El hecho de que aparezca y desaparezca periódicamente la ha convertido en símbolo de todo lo misterioso.

            En esta unidad expositiva se explican y se ilustran algunas históricas representaciones de la Luna. En ellas veremos analogíasde las manchas lunares con un conejo (China), con un rostro humano (el hombre de la Luna), con un viejo que carga una gavilla de palos; o grupos de figuras: dragón, árbol y enano, perro, mata y hombre. Todas estas figuraciones constituyen los primeros intentos por establecer un esquema de los accidentes lunares.

SALA 2. LA MIRADA A LA LUNA

La obsesión por el objeto. Avances tecnológicos en la observación y representación.

            En esta sala el hombre devuelve la mirada a la Luna. Pronto surge la figura del selenógrafo, experto en mirar la Luna y representarla, conocedor, igual que en la tierra tenemos al geógrafo. La especialización hará que, a partir del siglo XVII, el ojo sea insuficiente y se empiece a ayudar de lentes para ver con más detalle. Los instrumentos de observación del cielo permitirán una mirada cada vez más precisa y aguda. Vemos también algunos ejemplos de los resultados de esas observaciones y algunos de los principales protagonistas de esa evolución.

            Habrá una parte dedicada al funcionamiento de los instrumentos de observación a distancia y su posible clasificación y evolución. Se incluirán fotografías de los telescopios que han existido desde el siglo XVI hasta nuestros días, desde el que realizó el fabricante de lentes holandés Lippershey, al que llamaba tubo mágico, que más tarde perfeccionó Galileo, hasta los de mayor alcance utilizados en nuestros días. También se recogen cuadros y grabados de las personalidades que han contribuido al desarrollo tecnológico de la observación lunar.

SALA 3. NAVEGACIÓN

Razones prácticas históricas para mirar al cielo. Navegación marítima relacionada con la aérea.

            El desarrollo de la observación del cielo tiene que ver con la navegación. El hombre mira al cielo en busca de las luces que le faltan en la tierra durante la noche. Estas referencias luminosas le sirven para orientarse. Uno de los ejemplos más claros de la observación de la Luna en relación con la navegación es el mapa de la Luna realizado por el navegante Antonio de Ulloa. Hay un momento en el que parece triunfar la curiosidad sobre la utilidad de las luces del cielo. Finalmente, el conocimiento del firmamento es tan vasto y su poder de atracción tan fuerte que los hombres no podrán resistir la tentación de «navegar» hacia ese objeto que está cerca y lejos al mismo tiempo, tan extraño y tan familiar. Una vez llegados podrán observar la cara oculta que nunca se había visto, hasta el momento en el que la sonda soviética Luna 3 orbita alrededor del satélite. Y miran hacia la tierra como si fuese un objeto extraño, con la nostalgia de los grandes viajeros. Contemplan con los ojos de la Luna. Desde el lugar de todas las ausencias divisan con ansias renovadas su existencia. Y se extiende entre los astronautas que han contemplado la fragilidad y la unidad de nuestro globo el llamado efecto perspectiva (overview effect), impulsando la necesidad de hermanamiento entre los diferentes pueblos y el cuidado de nuestro hábitat.

            En esta unidad se hará hincapié principalmente en lo que supone la llegada del hombre a la Luna, especialmente desde un punto de vista simbólico, así como por la contribución de la gesta al estudio del satélite.

SALA 4. NOMBRES

Nomenclatura lunar. Evolución de los nombres. Determinación histórica en la descripción e identificación de los accidentes lunares

            Los nombres de la Luna contribuyen sin duda a su misterio. Desde el principio, cuando comenzó la observación más detallada, los astrónomos sintieron la necesidad de nombrar los accidentes selenográficos. El modelo era la geografía terrestre. De ella tomaron los nombres que servían para designar las características de su relieve. Curioso fue que al cabo del tiempo, una vez descubierto que la Luna no tenía agua, los mares, las lagunas, los arroyos sigan sirviendo para clasificar las formas de pliegues y superficies. Vemos en esta sección también la evolución de los criterios seguidos por los diferentes selenógrafos para elegir la nomenclatura lunar a lo largo de la historia. Las palabras (nombres de reyes, de científicos o de lugares en la tierra) dependen del entorno geográfico, histórico e ideológico de los astrónomos, de modo que proyectan en ese mundo desconocido las designaciones de su mundo. En ocasiones se descubren tantos detalles a la vez que se hace necesario identificarlos con letras o números vinculados a otros accidentes más representativos. Pero enseguida los astrónomos se empeñan en completar el mapa y llenan de palabras los rincones más escondidos de la superficie lunar.

            Se clasificarán los nombres por accidentes, en latín (oceanus, palus, promontorium, rima, rimae, rupes, sinus, vallis, etc.) y en castellano, acompañadas de ilustraciones grabadas de dichos accidentes, así como fotografías e imágenes de las principales clases de accidentes y causas de su formación. Se dedicará una parte a los nombres propios con los que se ha bautizado a dichos accidentes y evolución en la adscripción de las designaciones a lo largo de la historia, los criterios utilizados para conceder a los mares nombres latinos, a las cordilleras, nombres de cordilleras terrestres; a los cráteres, nombres de astrónomos y filósofos, antiguos y modernos.

            Habrá unajustificación histórica de los nombres dados a las partes iluminadas, considerados al principio como continentes, y de las partes en sombra, percibidas como áreas cubiertas por agua. Comenzaríamos con las ideas recogidas por Plutarco en su Facies lunae, el primero en considerar las partes brillantes como tierra y las más oscuras agua. Seguiríamos con Kepler, quien todavía lo cree, y con Galileo, que empieza a dudarlo.

SALA 5. CARTOGRAFÍA LUNAR

Inicios. Evolución. Comparación de la selenografía y la geografía: afinidades y diferencias con el relieve terrestre. Formación de la Luna.

            En el siglo XVII comenzaron los mapas detallados de la Luna. Para los astrónomos su remoto territorio constituía una provincia más, que debían describir como si por allí, por los valles, los mares y los montes lunares, la vida transcurriese con toda normalidad. Los avances de la cartografía terrestre se aplicaban inmediatamente a la descripción de la Luna. Los mapas eran cuadriculados con las coordenadas de latitud y longitud. Se calculaba también la profundidad de los cráteres. A pesar de no contar con el punto cero del mar, se aventuraba la altitud de los montes. Todos los avances ópticos contribuyen al desarrollo de la cartografía lunar. La fotografía permite una mayor estabilidad en la observación de un disco tan escurridizo. El avistamiento de la cara oculta abre otras puertas a la selenografía ávida de conocimiento. En pocos años los científicos soviéticos trazan el mapa detallado de lo invisible.

            En cuanto al origen de la Luna, se tratarán las diferentes hipótesis que los científicos han ofrecido para explicar la formación de los accidentes de la Luna: teoría volcánica y teoría de los impactos, principalmente. En este mismo módulo se darán a conocer las principales hipótesis sobre el origen de la Lunacomo satélite de la Tierra.

SALA 6. DETALLES

El hombre ha sentido un impulso de conocimiento sobre su satélite que le ha hecho avanzar cada vez más hacia él. Conforme se iba acercando el objeto se hacía más misterioso. Al profundizar en su conocimiento el enigma se amplía. Poco a poco la superficie se ha ido parcelando y los astrónomos han querido describirla con la máxima precisión. En este objeto celeste las sombras han formado parte ineludible de su representación, siendo frecuente que aparezcan en los planos. A veces los selenógrafos encuentran analogías con otras realidades conocidas que les permiten dar una forma a lo insólito. Así, han encontrado rostros de doncellas, ciudades, bosques, templos, buscando figurar esa realidad intangible que tiene un pie en lo invisible. Hay astrónomos que son conocidos por haber descubierto un solo accidente, que a veces ha pasado desapercibido durante años, como si se hubiese perdido, antes de que los futuros observadores lo volviesen a encontrar y lo incluyesen en los mapas. Y cuando todo parece ya descubierto aparecen los transient lunar phenomena, fenómenos lunares transitorios, fogonazos de luz que todavía hoy siguen fascinando a los observadores.

SALA 7. EXCESOS Y PRUDENCIA DE LA IMAGINACIÓN

La imaginación se dispara con la Luna y ha dado lugar a célebres relatos basados en las observaciones de científicos. En muchas ocasiones, el que representa la Luna tiene que usar su capacidad de ilusión para hacérnosla ver. El desarrollo de la tecnología, que permitía la impresión óptica de estar a poca distancia de la superficie, sumada a la impaciencia del periodismo, que imaginaba lo que estarían viendo los astrónomos antes de recibir la información fidedigna, se unen en lo que se conoce como la Gran Patraña de la Luna, una gran leyenda periodística repleta de seres fantásticos, los primeros extraterrestres de la era moderna. También se habla de astrónomos como Franz von Paula Gruihuisen, que imaginaba haber visto grandes ciudades en la Luna, y aquellos errores que más adelante produjo la fotografía, haciendo pensar que algunos efectos propios de la impresión fotográfica eran accidentes nunca observados hasta ese momento. Por otro lado, empeñados en mantener el misterio, una vez que el hombre ha llegado a la Luna, surgen dudas sobre la realidad del alunizaje que pretenden hacer de nuestra conquista de la Luna un hecho simplemente imaginario y devolver el objeto celeste al mundo de los sueños.

SALA 8. LA BELLEZA

No es raro que los selenógrafos terminen convirtiéndose en artistas, o que algunos artistas, obsesionados por la Luna, terminen haciéndose expertos en su relieve y lo estudien con todo detalle. La mayor fidelidad al objeto, ya hemos visto, aumenta su atracción y su misterio. El progreso destinado a la observación de la Luna ha contribuido, hasta el momento, a resaltar su belleza. Aquí la fotografía, ante un objeto semejante, tiene garantizado el efecto estético.

            Se incluyen parte de las recreaciones literarias realizadas a partir de la observación de la Luna. Con las fotografías de Loewy y Puiseux realizadas en el Observatorio de París en el año 1895 se pondrá el audio de los fragmentos del Promontorium somniide Víctor Hugo. En ese mismo módulo, sobre la ampliación de un mapa de Justus Perthes, se hará el recorrido que realiza el protagonista  de la novela de Huysmann En rada. El itinerario por el mapa, con una línea que se irá trazando conforme el texto avanza por la superficie lunar, se combinará con fotografías más detalladas de los accidentes que se van describiendo a cada momento. En un tercer apartado se incluirá la descripción del paisaje lunar de Tycho realizada por Julio Verne en su Viaje a la Luna, junto a las imágenes de todos los mapas que se recogen en una larga enumeración contenida en dicha novela.

SALA 9. CARRERA ESPACIAL     

Lo que nosotros conocemos como carrera espacial, protagonizada por Estados Unidos y la Unión Soviética, principalmente en los años 60 del siglo pasado, se ha repetido a otra escala entre parte de los astrónomos dedicados a la observación de la Luna. Si en el caso de la competición entre rusos y americanos se trataba de ver cuál de ellos pisaría antes su suelo, en los casos anteriores la pugna era por ver quién haría el telescopio mayor para observarla, quién levantaría el mapa más completo, detallado y bello o quién encontraría ese accidente que nadie había divisado todavía. También a la hora de poner nombres de los accidentes ha surgido la rivalidad de quienes pretendían incluir en las cartas más personajes de una u otra casa real, más nombres de montañas del lugar de nacimiento, o de científicos a los que se tenía un mayor respeto o simpatía. El viaje  a la Luna, película de Meliès en la que se ve una reunión de astrónomos que terminan peleándose, no es más que una caricatura de algo que ha ocurrido casi desde los primeros mapas de la Luna.

            Se exponen testimonios de las polémicas habidas a lo largo de la historia por el conocimiento de la Luna. La primera, protagonizada por Hevelius contra Van Langren tuvo lugar en el siglo XVII. La siguiente, la guerra de los nombres que enfrentó a los astrónomos Neison y Birt contra Schmidt por la denominación de los accidentes se produjo en el siglo XIX. En el mismo siglo Lohrmann y Mädler disputaron por realizar el mapa más exhaustivo de la Luna, con una copiosa relación de cráteres y otros accidentes. Finalmente se explicará en qué consistía la carrera entre rusos y norteamericanos durante la Guerra Fría, en la que últimamente ha entrado también China.

Historia de la luna. La representación de la Luna y su estudio a lo largo de la historia

La primera etapa de esta historia correspondería al periodo pretelescópico. A él pertenecen las inscripciones prehistóricas, los dibujos recogidos en códices medievales y otras representaciones de la Luna basadas en la analogía de sus rasgos con figuras reconocibles, como un conejo o un rostro humano. Los podemos encontrar en manuscritos, vidrieras, pinturas o estelas. Esta primera etapa terminaría con los dibujos de William Gilbert, fechados en 1600. Se tata de mapas levantados a ojo alzado en los que aparecen por primera vez los nombres de lo que él consideraba los principales continentes, islas, cabos y promontorios del satélite.

Thomas Harriot (ca. 1560-1621) es el primer científico en realizar un mapa de la Luna basado en observaciones a través de un telescopio. Con él, por tanto, se inaugura lo que podríamos considerar la segunda etapa recogida en la exposición. En ella le seguiría Galileo, a quien hasta 1965 se atribuía el haber realizado el primer mapa de la “era” telescópica.

Galileo disipó definitivamente las teorías fantasiosas que afirmaban que la Luna podía ser una esfera de cristal, en la que se reflejaban los mares y los continentes de la tierra, o un cuerpo de fuego condensado. Según él, las partes oscuras de la Luna están a una altitud inferior a las partes brillantes, como ocurre en la tierra con los mares y los continentes. En esto coincidía con Plutarco y se oponía a Kepler. Esta polémica va a ser muy importante en la historia de la Luna. Actualmente las partes oscuras de la Luna reciben el nombre de océanos, mares y lagos. Galileo fue el primer científico que dudó de la existencia de agua en la Luna. A pesar de haber sido desmentida tan pronto la existencia de mares reales sobre la Luna se han conservado los nombres relacionados con el agua, como se ha conservado hasta nuestros días el deseo de encontrar agua en cualquier punto del espacio.

El siglo XVII produjo otros mapas igualmente interesantes de la Luna. En ellos empezamos a apreciar grabados bastante fieles a la realidad, como los realizados por Claude Mellan en 1637. Este grabador publicó los mapas preparados por Gassendi y Peiresc, quienes se propusieron realizar, utilizando un telescopio fabricado por Galileo, una metódica observación de la Luna en sus diferentes fases con el fin de representar detalles topográficos hasta entonces nunca observados. 

En ese mismo siglo, el cosmógrafo y matemático Van Langren propuso al rey de España Felipe IV la ejecución de unos dibujos de la Luna en sus diferentes fases, además de un globo con las líneas de longitud y latitud. Con el estudio de la Luna bajo el imperio de «Su Católica Majestad» no fue raro que se incluyesen nombres como Oceanus Phillipicus, Mare Austriacum, Maximiliani, Caroli, aunque también había cabida para un Mare Borbonicum. A las áreas más altas se las denominó tierras y fueron bautizadas con cualidades humanas (Terra Sapientiae, Terra Honoris, Terra Pacis). En la toponimia lunar fueron incluidos el Papa, algunos cardenales, San Vicente… El propio autor llamó con su apellido a un cráter prominente y el mar contiguo. Tampoco resultó raro que el proyecto terminase inacabado por falta de apoyo financiero.

La célebre carrera por la conquista de la Luna tiene antecedentes ya en el siglo XVII. El astrónomo polaco Johannes Hevelius protagonizó junto a Van Langren la primera competición por el conocimiento de la Luna. Este último temía por la posibilidad de que al publicar sus trabajos en el extranjero alguien se apropiase de sus conocimientos y los hiciese pasar como propios. A esta carrera competitiva se unió otro cartógrafo, Fontana, con sus Novae Coelestium Terrestriumque Rerum Observationes. Finalmente la Selenographia de Hevelius, junto a los trabajos de un astrónomo italiano, Riccioli, basados en sus predecesores, recogidos en Almagestum Novum, se impusieron en toda Europa sobre los de Van Langren. Sin embargo, Riccioli seguía a Van Langren en la nomenclatura, pues consideraba que los nombres dados por Hevelius eran demasiado arcaicos y los accidentes geográficos de la Luna no se correspondían tan exactamente con los de la Tierra que les dan nombre. Las correcciones a la lista de Van Langren consisten principalmente en la exclusión de los nombres de la realeza y los eclesiásticos. Su lista incluye principalmente autores que hubieran destacado en la ciencia de la Astronomía, contemporáneos o pertenecientes a otros tiempos. 

Entre  1650 y 1790  nos encontramos con un periodo en que las dos máximas autoridades en Selenografía serán Hevelius y Riccioli. Sus mapas serán publicados con cierta regularidad. Durante estos ciento cuarenta años no serán cuestionados sus postulados. Sin embargo, existen contribuciones interesantes que habría que tener en cuenta en la exposición. Aunque probablemente no sean significativas para el avance de la Selenografía, sí son interesantes por sus hallazgos científicos y las aportaciones estéticas y humanísticas, como es el caso del grabado de Geminiano Montanari. También existen algunas contribuciones al detalle en el conocimiento del relieve lunar, como la de Robert Hooke, quien decidió que los mapas de Hevelius y Riccioli estaban excesivamente estilizados y carecían de algunos pormenores. Por ello, decidió trabajar en una Micrographia que invitaba a comparar sus dibujos de algunas zonas con los mapas levantados por Hevelius y Van Langren. Realizó experiencias para averiguar el origen de las formaciones lunares (la teoría volcánica y la teoría de los impactos). Por otra parte, el científico Huygens (1629-1695) descubrió una serie de “arroyos” (en los mapas aparecen con la palabra latina rimae) que se mantuvieron ocultos para la comunidad científica durante dos siglos, hasta la publicación de sus Oeuvres Completes, (Amsterdam, 1967). Del mismo modo, el italiano Francesco Bianchini observó detalles ocultos hasta ese momento, como el Vallia Alpes. En sus dibujos la precisión llama la atención cuando los comparamos con la vista fotográfica de la misma área.

Otros autores destacan por la invención de sofisticados aparatos de observación o el plagio de mapas anteriores (de Hevelius concretamente), como el atribuido al padre capuchino Chérubin d’Orleans, cuyos dibujos, por cierto, contienen en los márgenes de la esfera querubines que se asoman por un telescopio y dibujan lo que ven en a través de un pantógrafo, ingenio inventado para trazar con precisión las peculiaridades del relieve lunar. También encontramos mapas que incluyen pequeños detalles ilusorios, que no existen en realidad, como el de Cassini, realizado en el Observatorio de París en 1670, pero que encierran una muy nítida visión de la Luna y algunas interesantes analogías antropomórficas en las que, por ejemplo, se figura un promontorio con la cabeza de una mujer.

Y no se agota aquí este periodo supuestamente menos prolífico en la producción de mapas de la Luna. Tobias Mayer decidió que la única manera de conseguir un mapa con una fidelidad aceptable exigía medir la posición de gran parte de los accidentes lunares. En su mapa encontramos por primera vez la red de coordenadas de latitud y longitud y es en su época el más fiel a la realidad.

Esta etapa conoce también la publicación de mapas de la Luna en textos de diferente índole (enciclopedias, diccionarios…). Todos ellos son copia de algunos de los mapas comentados más arriba.

Hacia el final del siglo XVIII los telescopios fueron notablemente mejorados en sus posibilidades de observación y manejo. Se cree que la Selenografía fue revitalizada por la creencia de algunos astrónomos en la posibilidad de la existencia de vida extraterrestre.  El primer producto de estos avances será el mapa publicado por Russell en 1797. En las Selenograpias de Russell —del que también se conserva un globo de la Luna cuya cara oculta se muestra en blanco— encontramos una perfección insólita hasta ese momento y que no volvería a ser superada, seguramente debido a la próxima llegada de la fotografía. Un poco antes, hacia 1787, Johann Hieronymus Schröter había comenzado un programa de estudio de la Luna que incluía la medida de altitudes y profundidades de las elevaciones y cráteres más importantes, la búsqueda de pruebas de la existencia de una atmósfera en la Luna y cambios en la superficie. Todo ello se recogió en su Selenographische Fragmente de 1802. Sus dibujos, de una manifiesta ingenuidad, muestran los bordes de los cráteres como anillos de árboles vistos en punto de vista picado. Como otros autores anteriores (Fontana, Rheita, Cassini, La Hire, Bianchini) representa la orientación del sur en la parte superior, tal como se puede observar en los telescopios astronómicos. En sus dibujos aparecen muchos accidentes que no habían sido reproducidos hasta ese momento.

Esta corriente proclive a concentrarse en un área determinada para descubrir hasta los últimos detalles tuvo su fantástica culminación en los trabajos del bávaro Franz von Paula Gruihuisen. Tal era la precisión con la que creía observar la Luna que creyó descubrir enormes edificios, cursos de agua, incluso llegó a descubrir una ciudad con la que ganó una pésima reputación entre los astrónomos de su época, que ya estaban bastante seguros de que sobre la Luna no existía agua, lo que les causaba bastantes problemas a la hora de conservar la nomenclatura para el relieve lunar que se había conservado hasta la fecha.

Hasta 1824 no apareció el siguiente trabajo de cartografía detallada. Wilhelm Lohrmann (1796-1840) planeó dividir la Luna en veinticinco secciones.  Hasta 1878, después de su muerte, no se vio culminada su Topographie der sichtbaren Mondoberflaegen, a la que faltaban veintiuna secciones. Cada una de las secciones ocupaba una hoja. En el mapa se utilizó un nuevo sistema para indicar las distancias y detallar las pendientes del terreno, practicado sólo unos años antes en los mapas terrestres. Al comparar con las fotografías actuales podemos comprobar el grado de precisión alcanzado. La cantidad de detalles observados y cartografiados le obligó a identificarlos mediante una clasificación numérica y alfabética.

Johann Heinrich Mädler, seguramente motivado por un espíritu competitivo frente a las cuatro primeras secciones publicadas por Lohrmann, decidió realizar un mapa de la Luna que superase todos los anteriores. Para su empresa le ayudó Beer. Utilizaron la misma escala y el mismo método de Lohrmann, pero en lugar de dividirlo en veinticinco secciones optaron por cuatro partes delimitadas por el ecuador lunar y el primer meridiano. Su trabajo enciclopédico de la Luna fue publicado en 1837 bajo el título Der Mond, un volumen de cuatrocientas páginas con detalles sobre alturas, profundidades, medidas de los accidentes. En él se incluía la historia de la observación de la Luna, así como datos a favor o en contra de la atmósfera lunar y descripción de cada una de las áreas. Todo lo que se podía observar a través de un telescopio parecía encontrarse recogido en el mapa.

El continuador del trabajo inacabado de Lohrmann, J.-F. Julius Schmidt, publicó su Charte der Gebirge des Mondes en 1878. El telescopio utilizado le permitió observar bastantes más accidentes que a Mädler y a Lohrmann. Para hacernos una idea aproximada, teniendo en cuenta sólo los cráteres que aparecen en cada uno de los mapas, vemos que Mädler recoge 7.178, Lohrmann, 7.735 y Schmidt 32.856. Este último será, con diferencia, el mapa más completo de los que se han realizado sin ayuda de la fotografía.

Todavía en 1879 los científicos imaginaban la superficie de la Luna como un territorio escarpado, lleno de aristas puntiagudas que rodeaban los cráteres, únicas figuras redondeadas que concebían. Había una enorme diferencia entre la visión bidimensional que aparece reflejada en los cráteres, y estas representaciones de una Luna erizada de puntas como la que aparece en el libro Recreations in Astronomy, de Warren.  

A Schmidt le saldrán dos proyectos competidores en Inglaterra, uno de ellos dirigido por Edmund Neison y el otro por William R. Birt, este último al servicio de la British Astronomical Association. La competitividad impedía a los estudiosos de la Luna ponerse de acuerdo sobre los nombres que se debía poner a los nuevos accidentes representados y muy pronto se alcanzó un desconcierto al que no se pondría remedio hasta la creación de la International Astronomical Union, después de la Primera Guerra Mundial, a cuya decimoséptima comisión se le encomendó la tarea de aclarar la nomenclatura lunar.

Las primeras fotografías de la Luna datan de mediados del siglo XIX. Hasta principios del siglo XX contribuyeron principalmente a la precisión en las medidas, pero todavía no alcanzaban a mostrar los detalles que se podían percibir con pequeños telescopios.

Hay dos grandes proyectos de fotografía al final del siglo XIX, realizados por el Observatorio de Lick y por el Observatorio de París. Éste último publicó el trabajo más interesante: el Atlas Photographique de la Lune. Algún astrónomo, desconocedor de la composición de la fotografía, observó algunas placas de los principales cráteres al microscopio e interpretó el grano y las imperfecciones de la fotografía como cratercillos, de los que dejó una serie de dibujos.

No siempre se fotografiaba directamente la Luna. James Masmyth y James Carpenter hicieron una serie de interesantes fotografías de maquetas construidas con yeso que publicaron en su libro The Moon en 1874. En ese mismo libro expusieron su teoría volcánica sobre el origen de los cráteres.

En aquella época se empezó a pensar seriamente en la divergencia de nombres que existía en los principales proyectos de observación de la Luna. Un mismo accidente era nombrado de diferentes maneras dependiendo del mapa en que se encontrase. Hasta 1960 no se llegó a un acuerdo de aceptación mundial sobre la orientación que debían seguir los mapas de la Luna y la terminología que se debía utilizar, tanto en cuanto a los nombres de los accidentes como a los topónimos.

Muchos otros proyectos van a ser emprendidos y realizados, normalmente basados en estudios fotográficos, con algún episodio de interpretación más original, como el protagonizado por Philipp Fauth, quien consideraba que las puntas brillantes de las montañas y los anillos circundantes de los cráteres se debían a la existencia de hielo y nieve. Este mismo autor tiene unos magníficos mapas de la Luna desde el punto de vista estético.

A partir de los años 60, con el éxito de la misión Luna 3, entra en nuestra historia la cara oculta de la Luna. El primer atlas del far side apareció con el título Atlas Obratnoi Storony Luny (Atlas de la cara oculta de la Luna). Asistiremos también a los efectos de la carrera espacial en la disputa por elegir nombres de astrónomos y astronautas rusos y norteamericanos para designar el relieve lunar. El acuerdo se produjo solamente cuando se asignaron cuotas equivalentes de patronímicos de cada uno de los países para introducir en la toponimia lunar.